La libertad se abraza sobre ruedas


A Witotto le tomó una corazonada y un impulso tirarse de la esquina del bowl. Solo podía confiar en sus habilidades y en que su tabla, la que lo acompaña en el último año, no fallara en ese momento en que las miradas inquietas de los espectadores seguían cada movimiento. De su frente chorreaba sudor hasta su nuca, hacía que su pelo se adhiriera a esta y el viento le ondeaba la ancha camiseta que usaba. Para él, esto significa “abrazar la libertad”. Así empieza su jornada en el Parque de Ruedas de la 4 Sur.


Cuando se hacen las cuatro de la tarde, este adolescente de 17 años, con rostro de quien la infancia no lo abandona, recoge su chaza surtida con golosinas y cigarrillos para venderlos en todo el complejo deportivo de mil 800 metros cuadrados para la recreación y práctica de skate, BMX y roller.


Fue desde los 12 años que Witotto conoció la vida sobre ruedas, después de salir de la Fundación Hogares Claret, la misma que lo ayudó a enfrentar la soledad de las noches en la calle. Hoy afirma con sinceridad que el skate le “salvó la vida”. Pues luego de estar internado 11 meses en esa fundación, terminó viviendo a su suerte en skateparks durante tres años y el de la 4 Sur se convirtió en su hogar principal.


En este parque encontró la manera de vivir, en una carpa guardaba su ropa, juguetes y su tabla. El gran techo de concreto de 560 metros de longitud fue su gran refugio de la lluvia o los incandescentes rayos de sol fue, el puente Gilberto Echeverri Mejía que conecta a Guayabal con el Poblado.


La relación de los skaters, adolescentes que practican este deporte urbano, se ha configurado en su totalidad como una tribu urbana. Esto es el resultado de la lucha que han emprendido para abrirse espacio frente a los deportes tradicionales. “Algunos jóvenes toman la decisión de practicar el skate como estilo de vida y otros como evasión de su entorno familiar y social. Entonces, el acto heroico de la tabla, de la pirueta y su celebración es una forma de sublimar ese sentimiento que tienen hacia la sociedad”, explicó Gregorio Enrique Gómez, antropólogo y escritor.


Con la chaza al frente y el entusiasmo recargado, el chacero sigue su recorrido, pero una voz blanca lo detiene: “Witotto, detálleme unas papas”, el pedido sale de un niño de 12 años apodado Pepito, que frecuenta el lugar con su hermano, mayor por un año. Cada uno tenía su respectiva tabla y en los bolsillos nada más que el ánimo de alejarse de San Javier, el barrio que los ha tratado como “gamines”. Por eso, es que desde los ocho años para este niño el skate se convirtió en “la oportunidad de olvidar las "Convivir" y los que manejan el barrio”.


El dueño de la chaza le da a escoger entre sus comestibles, conmovido por la mirada cándida que Pepito y porque conoce muy bien la situación de su amigo. El niño, que hasta ahora había logrado evadir el hambre, escoge una Nucita y no le importa que sus manos estén sucias; al contrario, se relame hasta los nudillos recién tatuados de su mano derecha.


Witotto, quien se había ido por unos instantes, regresa con una sonrisa y en la pretina de su pantalón tres bolsas de cierre hermético, cada una con por lo menos cinco baretos. Se trataba de un pedido que un par de hombres extranjeros le habían hecho al muchacho que conoce bastante bien el parque y sus plazas de vicio.


Por ese favor recibió uno de los cigarrillos de marihuana y un par de pesos como recompensa. Los “conspiros” son otra manera de sobrevivir y llevar dinero a su casa en Campo Amor, donde vive con su madre que también es vendedora informal.


Raspando lo último que queda de su chocolate y para no desperdiciar ni un poco del dulce, como si se tratara de pintar un dibujo, Pepito decide embadurnar la superficie del bareto que su amigo le acaba de pasar porque “así va a coger sabor el plon”. Da una, dos, tres caladas y luego expulsa una bocanada de humo que estuvo conteniendo. El sonido de su tos seca lo lleva al recuerdo del día en que, a los ocho años, probó la marihuana por primera vez.


Al cabo de un rato se pone en pie y toma su tabla para deslizarse por todas las rampas. Su flacucho cuerpo sale disparado en cada una de las pendientes y en su rostro se instala una sonrisa cuando consigue hacer un truco, uno de esos que parecen que van a terminar en una caída estrepitosa. Sin embargo, logra mantener sus pies firmes junto con la estabilidad y sigue rodando hasta llegar a un grupo de adolescentes envueltos en una nube de humo. Se queda allí.


Pepito conoció el skate de la mano de la marihuana. Los skateparks se convirtieron en su lugar favorito y el miedo a vivir en la calle se evaporó con el humo de cada bareto. Cuando su madre se enteró del consumo de esta droga, le dijo que “no quería tener gamines en la casa y que se fuera”, así recuerda las dos semanas que vivió en el Skatepark Estadio, cuando tenía 10 años.


Mientras tanto, Chinga, el hermano de Pepito, llega en una bicicleta y tuerce la boca, en gesto de desagrado, cuando percibe el olor a marihuana. La probó por primera vez junto con Pepito, pero la sensación de que la vida se le iba y el no poder controlar su cuerpo lo llevaron a decidir que solo lo haría ocasionalmente o en las noches, cuando los pensamientos le robaran el sueño. Por eso, aunque siempre está pendiente de su hermano, prefiere no mantenerse con él. Ese ambiente no es lo que le gusta.


Con la frente chorreando sudor, esta vez por haber recorrido todo el parque, y con la chaza vacía poco más de la mitad, Witotto se sienta en un muro mientras queda embelesado por los movimientos en el bowl. Esta vez él es el espectador y no quiere perderse ni un traspié.


Con la mirada desbordada por la ilusión, comenta que su sueño es poder graduarse del colegio para ser profesor de skate. Pero ese sueño se ve frustrado porque hace tiempo, tras una seguidilla de infortunios, sus papeles escolares se perdieron. Aun así, su mamá lo apoya y lo anima para que no desista del sueño que lo salvó y mantuvo con vida.


La noche cae sobre sus hombros y los días le traen la mayoría de edad, Witotto no puede esperar para cumplir su sueño. “No soy el mejor con la tabla, pero tengo algo para dar y toda la humildad para hacerlo”, dice mientras saca una chupeta de su chaza y mira, sin espabilar, los muchachos que siguen sobre las ruedas.


En un espacio pensado para el deporte confluyen también numerosas historias de vida. La imagen corresponde al evento Barbeque Contest en 2018. Foto: Telemedellín


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Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.




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