Las luces del 7 octubre

Estampas del recorrido en Medellín, como parte de las manifestaciones que piden a la dirigencia política nacional llegar a acuerdos en favor de la paz en Colombia, luego del triunfo del No en el plebiscito del 2 de octubre.


Así como el resplandor de una vela, que va y viene sin ritmo aparente, pareciendo respirar en un movimiento disperso e irregular, así parece el clamor de Colombia por la paz. El pasado 7 de octubre, en el Parque de las Luces, la esperanza por dejar de ver al país del Sagrado Corazón en guerra, motivó la asistencia masiva al plantón organizado por estudiantes de diferentes universidades, para salir a marchar hacia el Teatro Pablo Tobón Uribe con un mismo anhelo, una misma voz y a la vez un mismo silencio.



Sin importar las diferencias de estrato económico, realidad social o posición política, con niños, jóvenes, adultos, ancianos e incluso extranjeros, el blanco y los colores de la bandera se fueron apoderando de las calles del centro de Medellín, comenzando con una gran reunión para colmar de luz la antigua plaza Cisneros como respuesta a los resultados del plebiscito del 2 de octubre y a la polarización tan dolorosa que ha vivido el país.


La cita para ocupar el parque estaba fijada desde las 3 de la tarde. A las 3:30 ya había una gran cantidad de asistentes que creaban entre sus risas y conversaciones amenas un entorno familiar, ambientado por las campanas de carros de helados y los diversos cantos a la paz, con historias diferentes en cada tono, armonía y acorde.


Una carpa se instaló al frente de la biblioteca EPM, cumpliendo el papel de escenario para los cantantes y las voces que invitaban a participar de las actividades. Desde allí se mandaron mensajes de apoyo a todas las víctimas antes de que llegara la hora de salir, haciendo manifiesta la firme intención de ejercer presión para que el cese al fuego perdure y para que haya una solución pronta y dialogada del conflicto.


Como preparación para salir a las calles, se cosieron banderas blancas y sobre ellas se escribieron mensajes de reconciliación, de presión pacífica al Gobierno y a la oposición para concretar un consenso en el Acuerdo. Había también mensajes escritos sobre las banderas de la paz y de Colombia; además, carteles que los asistentes traían listos con pasajes de La Biblia, consignas pidiendo renegociar lo pactado en La Habana, fragmentos de canciones, peticiones en nombre de indígenas, secuestrados, desaparecidos y la memoria de aquellos cuyas vidas y presencias se perdieron en la guerra. Con la actividad de Las Tejedoras que elaboraban pañuelos para las víctimas, el ambiente se decoraba y construía alrededor del recuerdo de quienes fueron arrancados de su tierra desde la raíz, como las flores que adornaron diferentes espacios y que también cargaban los asistentes.


En la medida que avanzaban los minutos, el cielo se iba poniendo sorprendentemente gris. Ya casi era hora de salir; habían llegado las otras marchas que venían de las universidades, aunque en realidad, los nuevos asistentes se camuflaban en la multitud ya concentrada, que entre risas y ritmos, se llenaban de signos compartidos. Una gran cantidad de personas bajo el espíritu de colectividad se pintaron la cara con los colores de la bandera; se repartieron botones pidiendo “más paz y más amor”, calcomanías con la consigna “Acordemos ya”, se recogieron las flores para que no fueran aplastadas por la lluvia que comenzó fuerte y poco a poco se volvió intermitente; así, hombres y mujeres las llevaron en el cabello cuando la gran aglomeración de personas emprendió su camino a las 6 de la tarde hacia el Teatro Pablo Tobón Uribe.


En el centro del Parque, una gigantesca bandera de Colombia, que se posicionó junto al mapa del territorio nacional lleno de mensajes para recibir la paz, presidió el camino que salió por la calle San Juan. Las campanas de los helados cesaron y se comenzaron a promocionar las “carpas y sombrillas de la paz”, pues la lluvia hace rato había cubierto el panorama, dejando su evidente rastro e inconfundible aroma.


En la marcha no reinó completamente el silencio. Entre paso y paso de la gran multitud, entre cada fotografía que intentaba capturar de la mejor manera los momentos de la gran movilización, las voces se elevaban, entonando “ni un hombre, ni una mujer, ni un peso para la guerra”, “el acuerdo permanece porque el pueblo lo merece”; e incluso, mostrando resistencia a la imagen que se ha formado del departamento ligada con un apoyo incondicional a Álvaro Uribe, se gritó en repetidas ocasiones “Antioquia no es Uribe” y “Uribe, en serio, quítate del medio”.


Dejando en el camino los charcos que llenaban huecos en la vía, pétalos de flores en las calles, luces de velas que se encendían y apagaban por la lluvia esporádica, el rebusque de trabajo característico de los colombianos con los gritos que ofrecían carpas y sombrillas de la paz, la movilización llegó al Teatro Pablo Tobón Uribe. Ahí, entre sonrisas y llanto, de ese que es para sanar más que para provocar dolor, Sergio Restrepo, director del Teatro hizo un recibimiento. Esperó con las víctimas la llegada de los colombianos, que a pesar de la lluvia y el largo camino se unieron para demostrarle al país que la paz es de todos, y que en realidad son los ciudadanos los que pueden y deben luchar por ella. Estando todos juntos, se entonó el himno de la República de Colombia, con orgullo y a modo de súplica por la paz estable y duradera que pueden construir todos con pequeños aportes cotidianos.



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