Una bendita enfermedad que quita mucha tranquilidad

Por: Laura Restrepo Rodríguez / laura.restreporo@upb.edu.co


Un amor, que nació de un encuentro fortuito ha tenido que superar los retos que impone el olvido. Jairo Muñoz cuenta cómo ha vivido el alzhéimer que padece su esposa Mabel.

Ya van cuatro años, fue un siete de marzo del 2016, día en que la vida de Mabel mi esposa cambió y con ella la mía también. El diagnóstico fue alzhéimer temprano, la forma más común de demencia que deteriora progresivamente la parte funcional del cerebro.


Nos conocimos en un bus del barrio Cristóbal, una mañana de 1975. Vi entrar a la que hoy es mi esposa en la segunda parada del día en el barrio La América. Estaba sentado y ella esperaba ubicar un puesto, sin pensarlo le dije: “Sentate” y guardé silencio, al llegar el bus a su destino me fijé muy bien para esperarla en la misma parada en la que se bajó y efectivamente funcionó. Al final del día decidí comprar el pasaje y hacer la fila hasta verla llegar, cuando vi que se acercaba, la invité a tomar mi lugar, le pregunté si quería ir a cine esa noche conmigo y su respuesta fue un inmediato sí. Desde eso nunca jamás volvimos a separarnos, ya son 39 años de casados.

Jairo y Mabel, en los inicios de la familia que hoy los sigue amparando. Foto: Marta Cecilia Rodríguez.


Diez años de esas tres largas décadas han traído muchas transformaciones. En febrero de 2010 cuando salimos de la casa de mis suegros, ella siempre era la que manejaba y lo hacía bastante bien. Noté que había tomado otro camino fuera del habitual y le dije — ¿por qué vas por aquí?- a lo que ella me respondió: – no, no, es que por cualquier lado se llega—. Decidí no ponerle mucha atención y pensar que fue un simple olvido. Poco tiempo después íbamos a salir de la casa de sus padres nuevamente, al llegar a nuestro destino, ella notó que dejó su bolso, desde ese momento supe que íbamos a tener problemas con el alzhéimer. Por esos mismos sucesos decidí buscar ayuda profesional para confirmar mis sospechas. Encontré al neurólogo Francisco Lopera, quien diagnosticó de forma inmediata, como si no hubiese tenido que analizar mucho la situación, solo tras hacerle algunas preguntas. Alzhéimer temprano.


Cuando llegamos de esa cita, comprendí que la Mabel que conocía desde hace un tiempo había dejado de ser ella en varios aspectos y eso se reflejaba en que le debía recalcar y repetir varias veces las cosas. Ella respondía siempre un poco molesta, comenzó a negarse a cocinar, ya no le gustaba leer, dejó de hacer las sopas de letras que tanto disfrutaba.

Desde ese entonces no elige su ropa, mis hijas deben hacerlo o incluso yo. A veces también decide irse sin avisar, como una mañana en la que me levanté y no la encontré. Inmediatamente salí del apartamento y bajé las escaleras rápidamente. La alcancé y le dije — ¿pa´ dónde vas y por qué vas de piyama? — y ella, con su actitud gozadora, me respondió — ¿y es que está muy fea la piyama? Y vos como estás ahí de piyama, la mía está más bonita —. Parecía una niña. Tal vez por eso cuando se mira al espejo me dice que hay alguien más, reconoce en su reflejo a otro ser, uno que la imita en todo. Lo describe como alguien pequeño, a veces la mira como si quisiera entablar una conversación. Lo que hago es acercarme a su lado y le digo — ve, somos los mismos, tú eres ella, yo soy él— (todavía me río de eso).


Tal vez su memoria no sea la misma y nunca lo será. A veces lucho, no sé si contra la enfermedad o contra el recuerdo que tengo de mi esposa. Mis días consisten en estar siempre con ella para que no se pierda, ayudarla a coger los cubiertos, hacer ejercicio, reír y conversarle a esa niña que ve en sus reflejos, a la que también le pone un plato en la mesa como si fuese otro integrante de la familia y esperar el día en que deba respaldarla hasta en lo más mínimo como ir al baño e incluso comer.


Para este punto de la vida mi esposa Mabel, a sus 64 años, ya ha perdido el 70 % de la memoria. Lo noto en sus largos silencios y su mirada a veces perdida. Pero con sus risas, recuerdo esa gran mujer que siempre ha estado a mi lado, pendiente de que saliera contento de la casa, esa amante, ese ser humano aferrado a vivir la existencia de la forma más genuina posible.


Lo que siempre estará en mi memoria es que mi esposa me ha dado dos hijas hermosas. Creo que el recuerdo más grande que tendrá ella de mí es que la acompaño. Me lo ha dicho: “Uy, qué bueno que usted me acompaña”. Ahí es cuando comprendo que, aunque el camino sea fácil de olvidar, aunque ella no pueda recorrerlo sola, yo siempre estaré ahí para recordarle cómo regresar a casa, a su hogar.

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Trabajo para el curso Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.




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