Morir y volver a nacer


Han pasado casi 12 años desde aquel suceso donde terminé una etapa de mi vida y empecé otra, con dificultades, de hecho, cualquier nacimiento es doloroso. Pero si no me morí había que darle sentido a esta vida. Testimonio de Francisco Bohórquez.


Por: Valeria Ríos Flórez / valeria.rios@upb.edu.co


Trabajé en Colombia para la Fiscalía General de la Nación en el Cuerpo Técnico de Investigaciones. En 1999 mataron a varios compañeros y se recibieron amenazas en la oficina donde trabajábamos, razón por la cual empecé a sentirme en peligro. No quise esperar a que me pasara algo y tomé la decisión de venirme para Estados Unidos. Solicité un permiso no remunerado por tres meses y al llegar, presenté mi renuncia ante el cónsul. En la semana en la que se vencía el tiempo, llegó una carta donde aceptaban mi retiro y, además, me concedían el beneficio de instalarme en este país como asilado político.


Un 18 de noviembre del 2008

Para ese momento, trabajaba con una compañía de transporte manejando un camión. Hacía un recorrido entre Miami y Orlando.


El 18 de noviembre del 2008 venía de regreso, había terminado mi ruta y estaba a pocos kilómetros de llegar a casa. Viajaba por la Turn Pike, una autopista que tiene rectas larguísimas, tiene muy buena iluminación, pero en ese tramo estaban haciendo unos trabajos. Sin embargo, el problema no era ese, sino que había un camión cargado de asfalto, la brea había chorreado y le tapó las luces. Era como la 1-1:30 a. m., y el señor de este camión que estaba orillado, se metió a la carretera, los trabajadores de la vía hicieron la señal de que podía entrar, pero él lo hizo casi a 0 km porque era una volqueta grande, muy pesada. A esa hora y sin las luces de atrás, no lo vi. Además, había neblina.


Por otro lado, aunque yo no corro, en esas autopistas hay que andar a una velocidad mínima, en este caso, 65 millas por hora, es decir, un poco más de 100 km. De un momento a otro, me encontré con eso al frente, traté de frenar, pero un camión no para tan rápido. Quise esquivarlo y había otro carro pequeño a mi lado que me impidió hacer la maniobra. Golpeé de lado a esa volqueta, mi camión se recogió, se vino hacia adelante y salí expulsado. Aunque tenía puesto el cinturón, este ocasionó la fractura de mi clavícula y 10 costillas. Con mi cabeza rompí el vidrio y caí de cabezas al asfalto ¡BUUM!. Mi camión se volteó y yo quedé por debajo. Fue como enfrentarse a la muerte, verla ahí, cara a cara.


Sentí que dejé de respirar y pasó algo, podría llamarse, sobrenatural. En medio de ese esfuerzo por moverme y liberarme, escuché una cuenta regresiva; alguien comenzó de 5 hacia abajo: 5,4,3... cuando llegó a 1, dije “

Dios mío, me entrego a ti”, porque pensaba que no viviría más. De repente, me pude parar, miré a mi alrededor y todo estaba oscuro; aunque a lo lejos vi una luz que interpretaba podía ser un carro o un reflector. A medida que me acercaba se hacía más y más grande, pude ver como una figura, una silueta humana con los brazos abiertos, es todo lo que recuerdo. Esa fue la experiencia que tuve cuando aún estaba debajo del carro.


Ilustración: Valeria Rios Flórez >>


No sé cuántas horas habrían pasado y sentí que alguien lloraba, eso me hizo reaccionar; estaba en el hospital The Real Center. Más tarde, sé que llegó un sacerdote. Soy católico y estaba muy vinculado a una iglesia que se llama San Isidro en Pompano Beach. Como no podía ni responder, él me cogió la mano y me dijo que, si lo escuchaba, apretara su mano, apreté lo que pude y me dijo: “La extremaunción es un sacramento de salud física y espiritual, pero sabes lo que te ha pasado para que estés preparado”. Yo sabía que me estaba diciendo que me iba a morir y me dio tranquilidad que hubiera venido a ponerme los santos óleos.


Al irse, recuerdo que empecé a sentir un calor horrible, como si fuera una fiebre interna, sudaba, sentía que las gotas me corrían por toda la piel y era desesperante. Casi no podía respirar porque lo más grave no eran esas heridas en las costillas, sino que al caer aterricé en mi cabeza. Aunque hay gente que no me cree (ni con el sustento médico) yo tenía 14 fracturas en mi cabeza, 2 hematomas y 1 aneurisma. El hecho es que entré en ese calor después de la unción, empecé a convulsionar, me amarraron y era muy difícil esta situación. Sentía que me estaba muriendo y, es más, quería morirme, salir de mi cuerpo y liberarme de eso.


No me voy a morir

Cuando anocheció, sentí una sensación de frescura, de alivio. Todo cambió para mí y dije “no me voy a morir, no me voy a morir”, fue una certeza que apareció.


Al cabo de seis meses, ya estaba muy recuperado, aunque vino un proceso también difícil, pues me enviaron a evaluación y dijeron que necesitaba varias operaciones. La cirugía de mayor riesgo era la del cráneo. El doctor fue muy explícito, me dijo que debían fracturar de nuevo porque lo huesos ya estaban pegados. El problema es que solo había un 2 % de posibilidad de sobrevivir y si no me operaba, me moría. Entonces le dije, “si tengo un 2 %, opéreme”. Sin embargo, en un examen que me hicieron luego, determinaron que los hematomas estaban desapareciendo, así que no hubo cirugía.


Hoy soy un hombre recuperado completamente, sin secuelas y sin una sola operación. Literalmente fue como morir y volver a nacer. Vienen los problemas y no son problemas, sé que todo tiene solución y si no la tiene, es porque así tenía que ser. Ahora ayudo a mis pacientes, a quienes, sin ser médico les he salvado la vida a través de la hipnosis clínica. Se han curado de depresión, ansiedad, vicios como: el juego, el alcohol y las drogas. He contribuido significativamente a que las personas mejoren y ellos le han dado sentido a lo ocurrido.


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Trabajo para el curso de Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.




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