Corriente de segundas oportunidades

Esta es la historia de un viaje que comenzó bien y casi termina mal.


Carolina Meneses Botero / periodico.contexto@gmail.com

Cuando llegaron al nevado, Yorlady se quedó esperando en la casita que había abajo de la montaña mientras el resto escalaba. Luis la acompañó, él no había dicho palabra alguna desde el día anterior. Se sentaron uno al frente del otro, él solo la miraba y movía su cabeza de lado a lado mientras silenciosas lágrimas rodaban por su rostro. Entre suspiros soltó “Yolita, ¿usted también vio la muerte?”. Pensando en todo lo que iba a ser de ellos después de eso, dijo “sí”.

Desde hacía tiempo, Yorlady había querido ir a mochilear con su esposo Felipe y hacer la Ruta del Sol en Ecuador. A finales de enero de 2017 subieron a un avión que los llevó hasta Pasto, Nariño, donde harían la primera parada. De ahí bajaron a Ipiales, el lado colombiano de la frontera con Ecuador.


En Ipiales notaron que en todas las esquinas había asaderos con animales cocinados como pollos, pero no eran pollos. Eran cortos, bajitos y con cabeza redonda; parecían ratas gordas, pero tampoco eran ratas. Ninguno quiso probar, pero Yaneth dijo que “al lugar donde fueres haz lo que vieres” y algunos mordiscos le pegó a un cuy asado. Le pareció espantoso, pero no se arrepintió de la experiencia, porque todo era parte del paseo.


Yaneth, la hermana de Yorlady, se unió al plan con su esposo Luis y su hijo Julián. También se unieron Valentina la hija de Yorlady, una amiga y la hija de Felipe. Las maletas, que eran casi más grandes que sus cuerpos, estaban totalmente llenas; en el plan solo faltaba Sofía, la bebé de dos años que Yorlady dejó en Medellín por los días que duraría el paseo. Después de Ipiales siguieron hacia Quito y poco a poco se fueron adentrando en los paisajes del territorio ecuatoriano.

Un viaje en balsa estaba en el inicio del itinerario de los viajeros. La experiencia dejó huellas de por vida.

Foto: Cortesía.


Llegada al “paraíso”

Lo soñado era llegar a Baños, un pueblo en el amazonas, rodeado de montañas, cascadas y ríos; en donde el calor y la humedad se sienten día y noche, y donde reinan los juegos extremos. Llegaron en la noche, se registraron en el hotel, se ubicaron en sus habitaciones e inmediatamente salieron a caminar. Fueron hasta un mirador arriba en la montaña, donde había payasos y vendedores de comida. Se divisaba todo el pueblo y las luces de las lámparas que desde lejos parecían linternas parpadeando.


Pronto llegó el día de los deportes extremos. Aunque estaba lluvioso encontraron diferentes personas ofreciendo rafting, que usa una balsa para descender por los rápidos de los ríos, así que pagaron el tour y se montaron a una van que los llevó hasta el río. La corriente era de tercer grado, fuerte, y estaba aún más fuerte porque el día había estado lluvioso, pero los guías les aseguraron que no había motivos para preocuparse y les ofrecieron una capacitación y les explicaron que el remo podía salvarles la vida, este tenía un gancho en la punta con el que se podrían agarrar de otros para arrastrar a alguien si se caía.


Les presentaron a un chico, quien iba a ir en un kayak delante de todos para asegurarse de que fueran por buen camino y ayudar en caso de emergencia. Cada uno se puso un casco, un chaleco inflable y agarró un remo.


Dividieron el grupo en dos balsas: la hija de Yorlady, la hija de Felipe y la amiga en una; y los demás en otra junto a una pareja de chilenos que conocieron en Quito. Luego las balsas comenzaron a descender una tras otra. Sintieron la mejor sensación, la balsa iba rápido y se alzaba de vez en cuando hasta que remaban en el aire para luego volver a caer y recibir el golpe estruendoso de agua.


Así se la pasaron, riendo, jugando y remando; pero en un momento las balsas de adelante advirtieron que había un remolino fuerte cerca. Todas entraban y tiraban los remos hacia la derecha para pasar, pero el guía les dijo a ellos que remaran los del lado izquierdo.


Remaron fuertemente y cuando entraron en el hueco hicieron lo que el guía dijo, pero la balsa se levantó, todos gritaron y volaron fuera. En segundos Yaneth logró salir a flote, vio que la balsa estaba volteada y recordó que en la capacitación les dijeron que, si se caían, cuando salieran tenían que buscar la balsa. Nadó y se pegó de uno de los lados cuando salió la chilena y se pegó del otro. Luego salió el guía, en ese momento ninguno pensó en nadie, solo pensaban en que tenían que salir de ahí y salvarse como fuera.


Entre los tres giraron la balsa y se montaron. Tenían que remar suave mientras encontraban al resto, pero la espuma blanca producida por la velocidad del agua y las corrientes dificultaban que vieran algo. Yaneth fijó su vista en lo que parecía ser una persona en el agua. Luis parecía muerto: verde, con los ojos cerrados y la boca fruncida. Tenía el remo agarrado contra su pecho.


“¡Luis! ¡Abra los ojos! ¡Tíreme el remo yo lo arrastro!” gritaba Yaneth, pero él no movía ni un dedo. Yaneth pensó que estaba asustado y desmayado, salvándose a su manera. Le pedía al guía que lo salvara, pero el señor no hacía nada. Como Luis no sabía nadar, había cerrado la boca para dejarse llevar. Yaneth solo pensaba en que, si se tiraba, ni siquiera sabía si sería capaz de volver.


En un instante vieron al chileno saliendo del agua cerca de Luis, entonces le gritaron que lo salvara. Él entendió el mensaje y nadó, con todos sus esfuerzos, hasta donde estaba él, lo agarró y luego nadó hasta llegar a la balsa. Luis cayó desmayado y el chileno comenzó a vomitar agua, no podía parar, había tragado demasiada cargando todo ese peso; estaba agotado, ahogado.


Todos los remos se habían caído, tan solo quedaba el que Luis tenía. Como el guía se cayó de nuevo, luego de subirse quedó desmayado; Yaneth dudó que el señor tuviera experiencia y hasta pensó que al pobre le había tocado lo peor en su primer viaje. Todo era un caos y la chilena perdió el control. Comenzó a gritar como una mujer condenada.


—¡Diosito! ¿Por qué nos dejaste en esto? ¡Nos vamos a morir! Me quiero ir para mi casa.


Intentaron calmarla, pero no funcionó. Llegó un momento en que el chileno, en medio de la maluquera, se enderezó con las últimas fuerzas que le quedaban, se giró y ¡pum!, le pegó una cachetada a su esposa y le gritó que se callara. Yaneth casi se va de para atrás de la impresión, pero la chilena lo miró, se calló y se sentó.

Yaneth solo esperaba que su hijo se hubiera encontrado con las otras balsas y sin pensarlo agarró el remo de Luis, le pidió fuerzas a Dios y remó, despacio, rezando mientras sentía que se le reventaban los brazos hasta que vio a Julián a lo lejos en una de las otras balsas.


—¡Ma! ¿Estás bien? —todos se sintieron aliviados de verlos.

—¡Sí! ¿Y Yorlady? —preguntó al ser la única que faltaba.

Yorlady no había aparecido, no se veía por ningún lado, pero ya Felipe se encontraba en una balsa. Se veía desesperado, estaba pidiendo ayuda.


El ahogo

Cuando dijeron que remaran a la izquierda y la balsa se volteó en medio del remolino, como Yorlady y Felipe iban al frente volaron más lejos. La corriente los volteó, los tragó, los revolcó por debajo del agua. El impacto, sin aire, sin fuerzas contra el peso del agua, casi no los deja salir.


Llegó un punto donde ambos lograron asomarse a la superficie. Tomaron una bocanada de aire y vieron que Julián se soltó del bote para dejarse llevar por la corriente hasta las otras balsas que estaban más adelante al lado derecho del río. “¡A la derecha!” gritaban todos, más cerca de Felipe, a Yorlady la había cogido la corriente que iba más rápido.


Cuando Felipe cayó en la cuenta, intentó estirar su brazo para alcanzarla con el remo, ninguno de los dos lo había soltado, pero los cuatro metros que los separaban hacían imposible que lograran tan siquiera tocar las puntas de los remos. Jamás se iban a alcanzar. Ella trató de nadar, pero a pesar de todos sus esfuerzos no lograba avanzar ni un centímetro, solo perdía energía.


Felipe gritaba con ira “¡que a la derecha!”, pero no era que Yorlady no lo intentara, era que no podía. Felipe terminó nadando cerca de las otras balsas, que lograron subirlo, y Yorlady comenzó a tragar más y más agua, entonces, se estiró hacia atrás siguiendo los consejos de la capacitación para flotar, pero la posición solo hizo que el agua entrara directamente a su boca. El peso de la corriente la halaba hacia abajo con fuerza, con agresividad.


Se alejó cada vez más y la angustia la invadió, perdía de vista a la gente. “¡Mami!”, la voz de su hija Valentina fue lo último que escuchó antes de que el agua se la tragara de nuevo. La revolcó y la tiró más hondo. Daba vueltas y la corriente atraía su cuerpo entero como si fuera de goma. Revolcada sentía el golpe de las olas y como no soltaba el remo se pegaba con él en la cabeza.


Tragó agua y por más que intentó no logró salir. Se perdió la luz del sol, era tan hondo y ella estaba tan abajo que no veía nada; la profundidad era tanta, que a pesar de ser empujada cada vez más, no sentía piedra alguna debajo. Oscuridad, nada más, y un sonido de cascabel a lo lejos producido por el choque de la espuma blanca.


Sin darse cuenta, la corriente la empujó de nuevo hacia arriba y logró inspirar por tres segundos antes de ser devorada de nuevo. Todo estaba en su contra, ya se sentía más muerta que viva, sin aire y adolorida. Llevaba un rato en lo profundo del río, pegándose contra el remo y arrastrada sin ningún tipo de voluntad propia. Comenzó a tragar más agua de a poco y llegó un momento en el que en medio de la penumbra ya ni el cascabel escuchaba, solo sentía el inicio de la asfixia, que casi siempre termina llevándose a la gente entre uno y dos minutos.


Su cuerpo ya estaba casi sin oxígeno. Comenzó a convulsionar y pensó: “Vale ya está bien, pero ¿quién va a aguantar a mi niña?”. Buscó en su mente cuánto tiempo tardaba alguien en morir ahogado, pero no encontró nada, entonces solo le pidió a Dios que fuera rápido. La asfixia y la agonía llegaron a tal punto que ya solo quería morirse para no sufrir más. Su pecho se contraía y el resto de su cuerpo dolía, pensaba en la niña de dos años que había dejado y que ella creyó que iba a ver crecer. No solo ella estaba muriendo, su esperanza también. Sintió que eso era todo, cerró los ojos y se apagó.

La incertidumbre


Todos vieron a Yorlady desaparecer en el rápido más furioso. Yaneth tuvo que remar sola y cuando llegaron a la orilla del final del recorrido, todos notaron un ambiente muy movido y tenso.


—¿Qué pasa? —preguntaron los viajeros desesperados frente a semejante alboroto.

—Tranquilos, es gente de la región. No pasa nada.


<< Canopy también estuvo entre las actividades del viaje. Foto: Cortesía.


Recordaron que en la inducción dijeron que en la zona había una red de trabajo que ayudaba cuando había un episodio de peligro. Por el lado del río aparecían y aparecían más botes y gente, estaban buscando a Yorlady. Los guías no les decían nada a los viajeros, pero ellos no eran ingenuos, sabían que estaban buscando algo, o más bien, a alguien. Solo les quedó esperar.


Mientras tanto, a kilómetros de allí, Yorlady sintió algo compacto que lastimaba su pie. Poco a poco su mente se fue encendiendo, la corriente la había dejado en esa zona plana, podía sentir arena y rocas bajo su cuerpo. Después de unos cuantos intentos logró girarse lentamente. Un hilo de aire entró por su nariz e intentó mover sus manos, la derecha sintió una piedra a su lado, pero no logró agarrarla porque se le resbalaba de los dedos; estaba frágil, como una pluma.


Trató de moverse otra vez, pero su cuerpo estaba paralizado. Su mano izquierda aún tenía el remo, había sido tanto el esfuerzo por no soltarlo que la mano se le quedó entumida. Pensó “Dios mío, gracias, me salvé” y sintió el alivio de sentirse con vida. Sus ojos recorrieron el panorama, no reconocía nada, solo veía montañas que encerraban el río.


En las rocas el caudal era sigiloso, tranquilo, pero cuando su vista encontró la corriente bruta al otro lado de las rocas, los latidos de su corazón la invadieron y comenzó a temblar. Empezaba a morir de nuevo con la agonía de pensar en volver a estar en el agua, no lo soportaría una segunda vez. La ansiedad hizo que su cuerpo contestara un poco más y pudo mover un pie.


Pensó en arrastrarse hasta la orilla, pero estaba a metros de distancia. Optó por empujar su pie hasta una gran roca que vio y así poder frenar en caso de que la corriente creciera. Empujón por empujón se movió y quedó detrás de la piedra. Ahí su cuerpo se destensó más y logró relajar las manos, cambió el remo a su mano derecha y estiró el brazo para recostar el remo sobre la piedra, luego recostó su cabeza en el brazo. Pensó “Yaneth y Luis no se salvaron” y se durmió.


Pasaron casi 30 minutos, Yorlady escuchó gritos y pitos. Trató de abrir los ojos, pero no pudo. Cuando los de la red de ayuda pasaron por la zona, uno de ellos vio el remo detrás de la roca y bajó la montaña para revisar. Yorlady no veía nada, pero sintió que alguien la agarró de los brazos y le preguntó si estaba bien mientras le desabrochaba el chaleco y le quitaba el casco. Ella abría la boca para hablar, y aunque su respiración era más profunda sin el chaleco, no era suficiente para que salieran palabras. Otra persona bajó para ayudarla, tuvieron que agarrarla de los brazos para subir hasta la van que estaba esperando en la selva.


Cuando llegaron, Yorlady se separó bruscamente de sus ayudantes, agachó su torso y comenzó a vomitar; sentía como si todo el cuerpo se fuera a salir por su boca, su cabeza se iba a explotar de dolor. Cuando logró incorporarse la montaron a la van y la recostaron en el suelo, ella no era capaz de sostenerse, pero ya no sabía si era por el ahogo o la vomitada.


El resto se montó al carro y comenzaron el recorrido entre los árboles y el barranco que llevaba al río que ella nunca iba a querer volver a ver en su vida. La gente del camino preguntaba si ya la habían encontrado.


—¿La recuperaron?

—Sí, acá la llevamos.

—Pero que sea verdad —dijo una señora que se asomó por la ventana de la van y no la vio.


Uno de los hombres abrió la puerta para mostrar ese cuerpo vivo pero inmóvil. Al final siguieron su camino y los pitos cesaron. Los viajeros estaban esperando en donde los dejaron las balsas y cuando escucharon que la habían encontrado, corrieron a ver si era verdad. La vieron sentada en el piso de la van en un mar de llanto. “Me quiero ir para mi casa”, decía Yorlady con una voz delgada y silenciosa entre sollozos. Todos lloraron de felicidad, pero ella no pudo calmarse ni un poco sino hasta que vio a su hija Valentina.

La hora de la verdad

Después de descansar en el hotel, todos escucharon la historia de Yorlady. Cada palabra era un tiro al corazón, las lágrimas caían por sus mejillas, sus cejas se elevaban, arrugaba la frente y sus ojos reflejaban la angustia de su memoria. Todos lloraban, a ninguno le había hecho gracia la celebración que hicieron los guías en el almuerzo diciéndole a ella que “no, si usted no se murió hoy entonces no se muere nunca”.


Ella quería irse para su casa y estar con su niña. Intentaron animarla y al otro día salieron para un nevado llevándosela casi obligada, pero ella se quedó sentada a esperar con Luis mientras los otros subían. El resto del viaje siguió en playas, lo cual no disfrutó.


Pasó mucho tiempo en el que las burbujas le aceleraban el corazón, y aunque hoy en día puede meterse al mar, el miedo a que el agua la trague y a los botes sigue latente. Del viaje solo quedaron las fotos y un video del rafting que vieron dos meses después del hecho. No fue sino hasta ese momento que supieron que el río se llamaba Río Pastaza, y los datos que encontraron en internet los llenaron tanto de miedo como de gratitud: Gente desaparecida o encontrada días después muerta. Yorlady decidió darle gracias a Dios, porque, en el agua se le generó un trauma, pero en la vida, una oportunidad.


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Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Carolina Calle.


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