Comer, asolearse, dormir, repetir

La infancia. Los días que se cuentan desde la memoria con los matices, los olores y la música de esos años. Una casa con patio, con macetas. Tomar el sol desde ese patio... "Y después de una larga sesión de bronceo, un jugo de guayaba dulce, muy dulce".


Por: Laura Giraldo Peláez / laura.giraldop@upb.edu.co


Diecisiete escalones para llegar a la puerta de madera pintada de verde. Mi abuela siempre en la cocina. Es lo primero que se ve al entrar. ¿El menú? Carne con arroz, huevo frito y papas, por favor. Todos los días.


Siempre al segundo escalón para disfrutar del manjar junto a mis primos. Todo en su respectivo orden: primero el arroz con el huevo, luego las papas y por último la carne. Así me enseñó Juan Antonio: lo mejor para el final.

Cuando subíamos, cada uno lavaba su plato con la esponja gastada.


Al lado de la cocina, la sala. Dos ventanales grandes por los que entraba mucha luz. Un televisor que normalmente estaba en el canal 9, sin importar qué estuvieran dando. Yo llegaba a la hora de "Muy buenos días", y me lo veía todo mientras comía galletas Ducales repletas de mantequilla La fina, que era la más suave.


Un computador de mesa frente a la sala: "abuela, media hora por favor, solo media". Así nos pasábamos 2 o 3 horas pegados de juegos Friv. ¿Dolor de cabeza? Claro. Al rato entonces nos íbamos para el patio que quedaba en la parte de atrás a tomar el sol.


Tres largas horas echados en el patio de baldosas rojas con piedritas pequeñas. Nos quedábamos dormidos y despertábamos con la camiseta emparamada de sudor y con las marcas de las piedras en los brazos y las piernas.


Matas, muchas matas en ese patio: rosas, margaritas, orquídeas... Macetas por aquí, macetas por allá. ¿Jugar con un balón? Ni riesgos. Si dañábamos una matera no volveríamos a ver la luz del sol. Después de una larga sesión de bronceo, un jugo de guayaba dulce, muy dulce. Quedábamos tan deshidratados que no nos quedaba otra que acostarnos de nuevo.


En la habitación de la abuela estaba el baño. El sanitario verde oscuro al que siempre caía porque me quedaba grande, un lavamanos altísimo. Me empinaba para prender la pila y coger el jabón que estaba dentro de una cajita plástica que era de lo menos higiénico, pues se inundaba de agua y todo se convertía en una juagadura de burbujas con mugre.


Había una puerta plástica, pero de las corrugadas; imposible abrirla sin hacer un gran bullicio.

Al salir del baño, la cama, arriba dos cuadros: el sagrado corazón y la cara de mi tío Camilo; de los pocos recuerdos que nos quedan de él.


Otro televisor, también en el 9. Nos dedicábamos a ver la película que estuvieran pasando hasta que llegara la abuela a regañarnos por subir los pies con zapatos a la cama.


La vida en la casa de la abuela era simple: comer, asolearse, dormir, repetir.


Juan Antonio y Laura en 2011. En los días de sol e infancia. Foto: Cortesía.


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Trabajo para el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.



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