Los caminos de la coca

Cientos de familias en Medellín guardan en silencio las heridas que les dejó el narcotráfico años atrás. Sus vidas cambiaron para siempre por el dinero sucio, la adicción, la cárcel y la muerte. Tiempos y circunstancias vigentes hasta hoy, desde cuando la vida y la familia se canjeaban por un instante de euforia o paz.



En el hogar de los doce hermanos Montoya Sánchez, cerca del Parque de Envigado, en el Barrio Obrero, tres de ellos se dedicaron a la cocaína. Guillermo, Óscar y John Jairo tomaron caminos diferentes, pero relacionados con un negocio de riesgo “fríamente calculado” que “no dañaría a nadie”.


Amanda Montoya Sánchez, la onceava hermana y la más pequeña de las mujeres, a sus 68 años guarda un amor profundo hacia cada uno de sus hermanos. Vive en la casa de su difunta madre con su hermano de 83 años, Guillermo, un hombre mayor con algunos problemas de salud y muy solo.


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Con cuatro hijos, un cuñado alcohólico y su esposa, los gastos eran demasiados en su casa en Queens, Nueva York. Lo que Guillermo Montoya ganaba trabajando en fábricas textiles, a finales de los años 80, le permitía vivir relativamente bien. Aun así, estaba agotado al trabajar entre 12 y 16 horas diarias. Pero una llamada le cambiaría la vida.


“Jorge Vargas fue un amigo que hice hace un tiempo, le di posada en el sótano de mi casa por seis meses. Luego regresó a Cali y no supe más de él hasta que lo visité con mi familia en Colombia. A principios de enero de 1991, me llamó”, mencionó con las manos apretadas y el cejo fruncido.


“Me pidió un favor... Él afirmaba no conocer a nadie más en Nueva York, solo a mí. Dijo que sería algo rápido y que me pagaría 5.000 dólares. Debía recibirle 150 kilogramos de cocaína pura en mi casa y llevárselos a un cubano en Manhattan”, añadió. Guillermo aceptó con temor. No lo volvería a hacer. Se arriesgó. El día 8 de enero de 1991, en un restaurante de la Quinta Avenida, él se encontró con dos hombres grandes y bien vestidos, Roberto y Manuel. Ambos eran los transportadores de la mercancía y, posteriormente, quienes lo condenarían.


Unos meses antes, un primo y aliado de los fundadores del Cartel de Cali, Gilberto y Miguel Rodríguez, fue capturado por la DEA en los EE. UU. Para negociar su libertad, aquel primo se comprometió con entregar rutas, personas, cargamentos y propiedades. Para lograrlo y no condenar al Cartel en sí, de la mano de sus primos organizó un plan. Los hermanos Rodríguez les dieron la “oportunidad” a 15 personas de enviar cargamentos de droga a tierras norteamericanas por sus rutas.


Todos, desde Jorge, Guillermo y las demás personas, eran señuelos de un plan, un intercambio por la libertad del condenado.


La DEA estuvo infiltrada, sin saber de los señuelos, en el plan. Ricardo y Manuel, los mensajeros, eran agentes especiales listos para atrapar a quien recibiera el cargamento más grande, que según tenían entendido, era el distribuidor principal de droga en Nueva York. Cuando Guillermo los recibió, fue capturado. Lo condenaron por narcotráfico.


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Guillermo fue deportado de los Estados Unidos en 2006, después de cumplir con una condena de 12 años en una cárcel federal. Regresó a su tierra natal, Medellín, para empezar de nuevo con una hoja de vida manchada por narcotráfico y su soledad. Pocos meses tras su llegada, se separó de su mujer. Sus hijos siguen viviendo en Nueva York, ya tienen sus propias familias, y su padre es un recuerdo que visitan por medio de llamadas semanales o incluso mensuales. Sus hermanos perdonaron su ingenuidad, pero sus hijos no.


Según la DEA, el 92% de la cocaína incautada en los Estados Unidos proviene de Colombia, asimismo, la página de Datos Abiertos de Colombia señala que, para abril de 2020, se encuentran aproximadamente 4087 ciudadanos colombianos que están esperando juicio o ya fueron condenados en los Estados Unidos.


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“Esa universidad, como le dice Memito, le ayudó mucho a aprender de la vida, incluso de viejo”, dijo Amanda Montoya Sánchez. “A mi Osquítar también le tocó pasar por mucho. Ese hombre fue como un papá para mi hijo. Le dio muy duro cuando lo metieron preso”, añadió.


Cuando Óscar Montoya finalmente se casó con el amor de su vida, Patricia Muñoz, el futuro era algo que esperaba con ansias. Recién graduado como Licenciado en Ed. Física, y a la espera de su primer hijo, la economía de su hogar no demandaba más de lo necesario. Esto cambió con la llegada de su hija Isabel.


Él y su cuñado, Panelo, compartían la desesperación por una mejor situación financiera, por eso a mediados de los 90 entraron en un mundo riesgoso y prometedor. La Oficina de Envigado les había propuesto transportar cocaína a donde ellos se los ordenaran, a cambio de protección y dinero “fácil”. Estados Unidos era cúspide del mercado de drogas, pero también era donde quería asentarse con su familia y la de su cuñado. Ya vivían allí.


Antes de poder sacar la residencia americana, tras un operativo de la policía local de Miami, Panelo, otros dos compañeros y Óscar fueron capturados bajo los cargos de narcotráfico. A todos los condenaron a casi diez años de prisión en Florida. La condena de todos fue reducida, menos la de Montoya, ya que era quien estaba al mando de las operaciones.


Patricia y los niños regresaron a Medellín buscando ayuda de sus familiares. Amanda, en compañía de su hijo Juan Carlos de 17 años, que vio en su tío Óscar casi un padre, cuidaron de ellos por algunos años. Óscar fue deportado de los Estados Unidos en 2009.


Para reorganizar su vida, junto a su mujer y sus hijos, Óscar abrió un restaurante de comida rápida en el Barrio la Paz, en Envigado. Todo parecía volver a tomar su rumbo y la familia se había unido más que nunca. Pero el dinero volvió a escasear. Óscar se sentía cada vez más impotente por no brindarle a su familia lo que “merecían”. Trató de ser fuerte y seguir trabajando los siguientes dos años.


Con la excusa de que viajaría a España con el fin de buscar un trabajo mejor, Óscar Montoya, volvió al negocio de antes. Fue capturado en el aeropuerto de Madrid con un cargamento de droga. La condena fue de casi cuatro años en una prisión de aquel país.


Decepcionados, su esposa y sus hijos se fueron a los Estados Unidos a empezar de cero. Con el pasar de los años, ellos crecieron y se volvieron independientes. En 2014 Óscar fue deportado de España a su tierra natal, donde solo lo esperaban sus hermanos y una madre que agonizaba. La mujer que había sido el amor de su vida, y lo es hasta el día de hoy, le pidió el divorcio y se casó tiempo después con otro hombre. Ahora Montoya tiene una nieta a la que no ha podido conocer sino en fotos porque no tiene entrada a los Estados Unidos. Trabaja como guardia y vive al lado de sus hermanos Amanda y Guillermo.


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“Yo soy consciente de que ellos se equivocaron, y ellos lo saben muy bien”, aseguró Amanda. Añadió que la vida no ha sido fácil para ninguno y que han pagado por sus errores. Por eso vive con ellos.


“Ellos merecen otra oportunidad de no estar solos, Óscar ya tiene casi 60 años y Guillermo 83. Nadie merece envejecer y morir solo”, reflexionó.


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John Jairo Montoya Sánchez tenía un futuro prometedor en las letras y la literatura, según sus familiares. No solo por sus capacidades intelectuales, sino por su corazón noble y sensible. Como estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad de Antioquia, en 1985, buscaba relacionarse con la mayor cantidad de intelectuales y aprender de ellos. Su vida giraba en torno a las charlas, la lectura, el cigarrillo y el café.


Con el pasar del tiempo, el contexto social comenzó a volverse violento, pero sobre todo opresor del libre pensamiento y opinión. El miedo y la angustia era mayor cada día y no había café o cigarrillo que ayudara a pasar el mal trago de realidad. Sus amigos intelectuales le brindaron la cura y la inspiración eterna, patrocinados por los grandes de la Oficina de Envigado: marihuana y cocaína. En Colombia hasta el año 2019, aproximadamente el 84% de los habitantes ha probado alguna droga ilícita, mientras que el 69% de quienes han consumido cocaína son adictos a ella.


A partir de aquella invitación, John Jairo se volvió dependiente de la droga, no era persona sin ella. Su familia angustiada, buscó hacerlo entender de la gravedad de la situación, era un adicto. Pero no funcionó. A finales de los años 90, la situación solo empeoraba. Su hermano Luis Carlos Montoya, quien residía en Miami, lo invitó a pasar una temporada con él, para que se alejara de las malas amistades, el ambiente de drogas y poder fortalecer su abstinencia.


Poco tiempo después de haber llegado a los Estados Unidos, John Jairo logró contactarse con los proveedores de la Oficina de Envigado y comenzó a recibir su dosis de marihuana y cocaína en Miami. Para su desgracia, la policía local lo encontró un poco drogado y con más "mercancía" en sus bolsillos. Tras esto, fue privado unos meses de su libertad. Después lo deportaron a Medellín.


“Cuando llegó no tenía cordones en los zapatos, la camiseta blanca estaba sucia, la camisa de encima no tenía botones. Su tez había perdido color, estaba más delgado de lo que se fue. Solo su pasaporte en mano. Así llegó John Jairo”, describió Amanda.


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John Jairo regresó a Medellín después de su hermano Guillermo y antes que Óscar. Desesperado por querer salir de la drogadicción y recuperarse, se fue a una casa de reposo, en Guarne. Allí, a sus casi 50 años y aparentando más de 60, empezó a recuperarse lentamente con el pasar de los años. Su proceso iba tan bien, que los directores de la casa querían volverlo un líder y ejemplo para los demás. Pero no alcanzó.


A Jhon Jairo lo mató un aneurisma, en 2013, dos años antes de que su madre falleciera. Murió solo en su alcoba en la casa de reposo. No vieron su cuerpo hasta la mañana siguiente. No tuvo la oportunidad de reivindicarse por completo con su familia. Sin hijos, novias o amores pasados y sin posesiones.


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La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha implementado programas de apoyo a los países con los índices más altos de drogadicción, esperando que en algún punto estos se reduzcan. Asimismo, el Secretario General de las Naciones Unidas (ONU), el portugués Antonio Gutiérrez, en 2018 afirmó que aproximadamente 450.000 personas en el mundo mueren por sobredosis u otros efectos de la drogadicción.


“La droga no los condenó solo a ellos (refiriéndose a sus hermanos). Nos condenó, de alguna forma, a todos”, concluyó Amanda.



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Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López Vela.





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