Relatos de la perplejidad

Una descripción emotiva de los días: sentimientos, recuerdos y pensamientos para afrontar el encierro.

Foto: Freepik. Lic. Creative Commons.

“Escribo por perplejidad. Tengo serias limitaciones para entender al ser humano y mediante la escritura las intento mitigar”, FERNANDO ROYUELA.

25/03/2020

A veces no me lo creo. Recuerdo la vez en la que nos robaron el carro justo frente a la puerta de mi casa. Yo estaba dormido y para cuando me desperté ya se habían ido. Entramos a la casa y me senté en la sala, ahí comencé a entender lo que había sucedido.

Siento que, en este momento, apenas estoy abriendo la puerta.

29/03/2020

¿Qué sentirá la gente que está sola? Quisiera poder estar con tantas personas cuya única compañía residía en las calles con sus vecinos, tenderos, conocidos. Llegar a sus casas significaba poderse preparar para el siguiente día de vida en sociedad, en la calle, donde todo pasa y todo se aprende. Ahora es la preparación más larga que hayan conocido.

2/04/2020

Esto es real. Está sucediendo. El mundo entero se detuvo y parece que los segundos durarán más de ahora en adelante. Hablo con mis conocidos, los que están en la ciudad me cuentan que es desesperante y puedo imaginarlo. Cuatro paredes con forma de apartamento deben haber comenzado a tomar forma de cárcel.

Ahora resta un extraño sentimiento de culpa. Yo estoy en el campo, acá puedo ir a bañarme en el río, caminar por la carretera, plantar y muchas otras cosas. Ahora me siento sucio. No es agradable poder hacer, cuando sé que hay tantas familias en la ciudad que están pasando hambre porque viven de lo que logran producir diariamente, en la calle. Ahora no hay ni calle ni diario.

Es la culpa del privilegio y sé que las donaciones, aunque ayuden, no son la solución, sólo luchan contra los síntomas, pero no acaban con la enfermedad. Desigualdad. Desigualdad que grita. Le grita en la cara a todos, mientras el hambre se frota las manos.

10/04/2020

Esta Semana Santa he sentido una mezcla entre impotencia y desánimo. Es el tiempo de descanso, pero la virtualidad ha vuelto todo muchísimo más lento, en especial para las personas que no tienen mucha voluntad, como yo.

Ahora los deberes se vuelven una capa permanente que se pega a cada actividad del día. Siempre hay algo por hacer. Tareas, tareas, tareas. La sensación de impotencia llega cuando veo el atardecer, el río a 10 metros. Está ahí, el mundo está ahí y yo no puedo ir a recorrerlo por tener que obtener un desgraciado cartón. No nací para la academia, pero no estudiar era impensable para los que quieren lo mejor para mí. Lo entiendo, sin un título es casi imposible que me contraten. Pero ¿qué más puedo pensar cuando he tenido que evitar a toda costa las expediciones monte adentro por tener que terminar una investigación que también sé que hago sólo para graduarme?

A veces quisiera dejarlo todo, en especial en momentos como este en los que el disfrute y la vida están tan cerca, pero tan lejos. El conocimiento no debe entrar así. Lo peor de todo es que me enseñaron a que sentirme así era ser perezoso o un bueno para nada. Un juego perfectamente elaborado, en el que te castigan también por no querer jugar.

14/04/2020

Los días empiezan a cualquier hora

Las noches ya no tienen ritual para irse a dormir

No se ponen la pijama

No se cepillan los dientes

Sólo hay que hacer tareas

Y desayunar, para hacer más tareas

No es calma

Es letargo.

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Trabajo realizado en el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez.

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