Diario de una cuarentena

Una serie de relatos cortos sobre preguntas, dilemas y sensaciones de juventud. Transformaciones y reflexiones que suscita el encierro.



«Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas ». MARÍA ZAMBRANO.

 


Me preocupa no poder caminar en la calle mientras escucho música. Me preocupa perderme los estrenos cinematográficos. Me preocupa no estar en mi clase favorita. Me preocupan los niños que no pueden salir a jugar. Me preocupa no poder con la universidad virtual. Me preocupa que la ansiedad se apodere de mí nuevamente. Me preocupa la pesadez de los días en casa. Me preocupa tener que hablar todos los días con mis padres. Me preocupa estar sola con mis pensamientos. Me preocupa la incapacidad de escribir. Me preocupan las mujeres encerradas con sus agresores. Me preocupa el color rojo en las fachadas de las casas de mi barrio y de mi país. Me preocupan los políticos que no se preocupan por su gente. Me preocupa que los besos y abrazos sean peligrosos. Me preocupa olvidarme de la forma de sus labios. Me preocupa que ya no te preocupes por mí. Me preocupa la posibilidad de morir, pero me preocupa más vivir. Me preocupa que todo me deje de preocupar.

 

Me da miedo despertar y tener que adivinar cuál será el ánimo que gobernará mis labios, mi ropa, mis respuestas, mi apetito. Por más optimista que soy, nunca acierto, el azar se mofa de mí con cada desdicha del desatino que es este mal vivir.

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Amanece y no quiero convivir conmigo en las mañanas agónicas de otro día más y obligarme a dejar la cama para enfrentarme a la virtualidad que impuso en mi vida una rutina que me sumergió en un bucle de agotamiento y desesperanza. Atardece y tampoco quiero soportar las tardes de perpetua nostalgia en las que recuerdo cuando vos y yo escuchábamos la música que tanto te gustaba y ahora la escucho en las noches hasta quedarme dormida, en la amargura de mi habitación, porque solo así te siento más cerca.

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Te dediqué ese hermoso fragmento del cuento de Elena Poniatowska que leí como una tiranía de la academia, pero que releí con ahínco porque contenía todo lo que quise decirte, sin saberlo, la primera vez que te vi: Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana, y que siempre, en una cadena ininterrumpida de días, podré mirarte, lentamente, aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente. No dijiste más que lo suficiente. Tampoco esperaba una respuesta. La respuesta la obtuve en el mismo cuento: “A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor”.


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Vivo en las carcajadas de mis amigas cuando no podíamos parar de reír. Vivo en los nervios que me crispaban los manos cuando tocaba a tu puerta. Vivo en la desesperación que me causaba el embotellamiento de la ciudad y los semáforos inacabables. Vivo en la mirada acusadora de mi madre cuando llegaba a casa dando tumbos por el alcohol. Vivo en la reportería que me hacía sentir que tenía una doble vida. Vivo en el sexo de media noche y los abrazos de buenos días. Vivo en las lágrimas consoladas por mi mejor amiga y las tardes de caminatas. En fin, vivo en pasado.


Sublimación

La primera calada es, a mi modo de ver, un indulto para el cuerpo; por eso es la que más me gusta. No sé exactamente cuánto tiempo pasó desde el último cigarrillo hasta hoy, que obtuve la calada, pero no el indulto que suele liberarme del estrés.


No recuerdo bien la hora, pero recuerdo la lluvia que se esforzaba por apagar el cigarrillo y el frío lo combatía con una calada tras otra. Mientras el fuego consumía el tabaco, pensé que son esos pequeños placeres no permitidos por los que el encierro se hace más estridente. También pensé que, ese en específico, debo hacerlo cobijada por la penumbra de la madrugada; porque lo que para mí es un placer, para mi madre es un vicio que esclaviza.

Alambique

Hoy me siento llena de recuerdos, son tantos, tontos y tan vastos que no me caben y me duelen en el cuerpo. Hallaron la manera de brotar en sal marina y escaparon de mi garganta en quejidos lastimeros que despertaron compasión en las miradas furtivas de mi madre. No los odio, por el contrario, me aferro a ellos porque son lo único que me queda de vos y es allí donde quiero hallarte: en las memorias de los días felices de la absurda tranquilidad que me ofreció tu muda voz y la bondad de tu sencillez. Pero son tantos, tontos y tan vastos los recuerdos que no sé dónde ponerlos para que no duelan más.

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“No estoy para esto”, me dijiste... Yo ya no puedo seguir escribiendo.

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Diario de una cuarentena, es una creación elaborada en el curso Periodismo y literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez.

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