Las resistencias de Riosucio

La violencia y el olvido han hecho más daño que el mismo Diablo. Ahora, apoyado en su historia y riqueza natural, un territorio con notable tradición indígena y cultural busca alternativas para reponerse de un nuevo abandono: el de la gestión de la paz territorial.


Riosucio, en el departamento de Caldas, es un municipio que limita al norte con el departamento de Antioquia y al suroeste con Risaralda. Está ubicado en la zona del Eje Cafetero, con un área rural de unas 39.036 hectáreas y otras 16.090 h en la zona urbana.


Es uno de los municipios más emblemáticos en la historia de varios pueblos indígenas del país, que tienen en él un santuario de lo que son y de lo que seguirán siendo en comunidad. La etapa precolombina construye y define lo que hoy es la región, que fue habitada por pueblos indígenas como los Chamíes, Pirza y Turzagas, descendientes de tribus que procedían de zonas como Cañamomo, La Montaña y Quiebralomo.


Años más tarde, en la época de la independencia, dos sacerdotes de procedencia española pisaron aquel punto de un modo simultáneo, casi perfecto. Sus nombres eran José Ramón Bueno (Popayán) y José Bonifacio Bonafont (Santander); ellos serían los responsables de fundar oficialmente este pueblo en el año 1819.


La decisión de quién sería el fundador oficial motivó grandes debates entre las partes ansiosas de ejercer algún dominio en el territorio. La construcción de dos parroquias haría la disputa mucho más llamativa; dos templos fueron levantados uno no muy lejos del otro, como señal de una erección rápida del pueblo, pero la insignificante distancia entre los dos símbolos de poder fue un ejercicio en vano, pues los habitantes no tuvieron interés en ninguno, en el mejor de los casos no tuvieron inconveniente en visitar al mismo tiempo los distintos altares y a un grupo más resistente a la labor de los párrocos y a la división que ella generaba en la comunidad, colocó una estatua del diablo como aviso de insatisfacción con la división existente en la comunidad.


Hasta el año 1847, las disputas y divisiones que durante años habían existido llegaron a su fin, los dos grupos de la comunidad decidieron arreglar sus conflictos e implantar nuevos acuerdos. El pacto de unificación permitió instaurar el nombre de Riosucio y, en conmemoración a este encuentro, cada año se celebra el Carnaval del Diablo, patrimonio inmaterial de Colombia desde 2006.


Del cabildo de San Lorenzo

El rostro de un nuevo San Lorenzo, con su imponente cerro Ingrumá. Foto: Karen Bueno


Las mañanas levantan y embellecen a esta aldea, dadora de frutos y bellos paisajes, hija pequeña y desamparada de la hermosa Colombia, con carácter fuerte y persistente como el de quienes habitan allí. “Riosucio es el núcleo de las mejores agriculturas, de un prodigioso café, de su pura y alucinante cascada Canyoning Ingruma, con sus aguas blancas y protegidas, sin olvidar el Quiebralomo, del resguardo Cañamomo Lopaprieta, dador de riquezas en la producción de minería artesanal para sus habitantes que cuidan de su tesoro más preciado: la naturaleza”, resume Luz Nelly Quiceno.


Ella se crió con mi padre en San Lorenzo, resguardo indígena cercano a Riosucio y tomó la decisión de vivir en Medellín junto a su familia desde 2005, acosada por la violencia que entonces se vivía e la región. A Luz Nelly la conocí en el Cabildo Chibcariwak, una institución dedicada a la protección y auxilio de los indígenas que vienen de cualquier parte a su sede en Prado Centro, comuna 10 de la ciudad de Medellín.


San Lorenzo ha vivido procesos de desarrollo significativos, la estructura de sus viviendas, parroquias e instituciones han evolucionado en todos estos años y la pujanza de sus pobladores es se siente al instante de pisar su tierra.


Se podría afirmar que la vida de la comunidad indígena transcurre con tranquilidad, lo cual no siempre ha sido así. En un barro que atrapa y ensucia, está una parte oscura de la historias, esa que se evade y se niega, una historia de violencias que también ha definido en parte el rumbo e este territorio.


Torbellino de violencia

El conflicto armado en Colombia tiene sus inicios en el siglo XIX, producto de desacuerdos y desmanes violentos que hicieron nacer las primeras rivalidades desde la Guerra de los Mil Días y que no se ha detenido por el combustible del poder político y la acumulación de territorios. Como en otras partes del país, en Riosucio hubo emboscadas, sabotajes. En tiempos de la más degradante violencia, se sumaron la extorsión, secuestro y los conflictos vinculados a la producción y comercialización de cultivos de coca, además de homicidios selectivos y ofertas de justicia guerrillera que muchos pueblos y ciudades tuvieron que asumir, entre ellos el municipio Riosucio.


Según el Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos, la violencia en Caldas aumentó de manera importante con la ruptura del Convenio Internacional del Café, a finales de la década de los 80. Los primeros síntomas comenzaron en 1985, con las primeras acciones del Ejército Popular de Liberación - EPL, enfocadas en el reclutamiento forzoso y la extorsión. La espiral de violencia no tuvo pausa pero sí más protagonistas hasta el año 2003, cuando se registraron más de nueve ataques de diferentes grupos armados solo en San Lorenzo.


Luz Nelly sufrió uno de esos atentados el 24 de febrero de 2002, cuando el cabildo de San Lorenzo soportó la toma del Frente 47 de las Farc al mando de "Karina", hecho que generó el desplazamiento de más de 175 personas. ‘’Me acuerdo que ese domingo en el entierro de mi amigo Albeiro Zamora, había una gran cantidad de gente, lo cual era poco común y algo aterrador, es por eso que decidí dirigirme donde mis niñas para recogerlas a eso de las 5:30, atravesando toda la iglesia para bajar y coger el carro. Al no ver nada bien, me atreví a mirar unos bultos en la mitad de la iglesia y me encuentro la sorpresa de muchas armas; esto me llenó de pánico y corrí hacia mis hijas para tomar un transporte y poder escapar.”


El camino para Nelly fue extenso, un minuto pensó en la vida y en un segundo percibió la muerte al observar a dos sujetos montados en el vehículo, con costales de armas como las que vio en el pueblo. “Ya estaba muerta”, pensó. Pero la fatalidad de ese ambiente tuvo pausa en el sonido del carro en que huían los guerrilleros en la madrugada. A eso de las 5, las bombas y los disparos ya no se sentían y las miradas melancólicas de los habitantes se aproximaban a sus viviendas y estructuras dañadas. Muchos de los familiares pudieron escapar, pero otros se quedaron. Entre ellos, las tres tías, sobrinos y dos hermanos muertos de Luz Nelly, que tuvo la suerte de huir y la tarea de hacer futuro en otra parte mientras sanaban las heridas con su tierra. ‘’Después de todo eso, me demoré mucho para volver, tanto así que pasaron cuatro años”, expresa ella.


Hasta el día de hoy, y pese a todas las circunstancias históricas y actuales de San Lorenzo, la posibilidad de recibir recursos del posconflicto es lejana. Ningún territorio de Caldas figura en los Planes de Desarrollo con enfoque Territorial, establecidos en el Decreto 893 de 2017, tras el acuerdo de paz con las mismas FARC que precipitaron la huida de Luz Nelly y la muerte de sus familiares. En vista de ello, el pequeño San Lorenzo ha tenido la tarea de hallar alternativas al buscar sustento económico incursionar durante todos estos años en su artesanía folclórica, con obras talladas en palo naranjo de Tumbabarreto y, por supuesto, su actividad agrícola en la que se destaca el café, de ese que uno toma a las 9 de la mañana y le devuelve la dicha.





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