El arte que rodea al Museo de Antioquia

La actual sede del Museo de Antioquia se encuentra sobre la Plaza Botero, entre las carreras Carabobo y Cundinamarca, un espacio que ha acogido pinturas, esculturas y demás piezas artísticas de distintos creadores locales y extranjeros desde el 15 de octubre del 2000, cuando la edificación patrimonial, antiguo Palacio Municipal, pasó a ser baluarte del arte en Antioquia.


Hoy, 18 años después, el museo está quizá en su mejor momento, no solo goza de afluencia, variación en programación y calidad en las colecciones, sino que se ha integrado al entorno; se olvidó de las cerraduras y es ahora una casa de puertas abierta, tal como reza el eslogan de Museo 360, macroproyecto que desde 2016 busca generar acciones de impacto en el centro de Medellín.


En la página web del museo se puede encontrar el mapa: con viñetas de colores y acotaciones revelan cada una de las salas que hay en los tres pisos de la edificación; baños, escaleras, cafés, tienda, centro de atención de primeros auxilios, rutas de evacuación y patios, están demarcados por íconos y figuras que orientan al visitante.


Lo imprimo y saco de mi maleta un marcador rojo, le quito la tapa y amenazo al Bond aún caliente. Con un pulso casi quirúrgico, delineo la planta baja del museo, lo hago dejando un espacio de aproximadamente cinco milímetros entre la ilustración y la línea roja: parto de la entrada principal hacia la derecha, cruzo la esquina que da sobre la avenida León de Greiff hasta el siguiente giro, en línea recta atravieso la parte trasera del edificio hasta voltear en la calle Calibío, donde delineo hasta la esquina próxima que me lleva al lugar en el que partió el marcador; uno los trazos y obtengo un contorneado del Museo de Antioquia. Lo hago como preparación a la visita que haré, una en la que por primera vez no será en las salas de adentro –como lo suelo conocer– sino afuera, en su fachada: una experiencia de 360 grados.


“Somos un museo que está en pleno corazón del centro de la ciudad de Medellín”, comenta Julián Zapata, curador asistente de Museo 360. Y es a partir de esto que el “Museo de Antioquia se empezó a entender como un espacio que no puede ser ajeno a todos los fenómenos sociales que ocurren al rededor del edificio.”

Cuando por fin hicieron acto de consciencia, empezaron a abrir las puertas y ventanas del museo, todo aquello que estaba antes cerrado al público y que ni siquiera podía ser usado por las personas que trabajan al interior. Teniendo los espacios disponibles, comenzaron a generar propuestas que conectaran al museo “con la calle, el exterior, la gente de afuera”.


Carolina Chacón, curadora jefe del macroproyecto, cuenta que este contenido se comenzó a pensar con distintos tipos de formatos, “a través de prácticas artísticas contemporáneas que no están basadas en objetos, pinturas, esculturas, sino que su materialidad pasan a ser los cuerpos, las acciones, el tiempo, el espacio específico”. De esta premisa nacieron distintos proyectos que se fueron sumando a la gran propuesta del museo que tiene como finalidad agruparlos.


La consentida, por ejemplo, es la selección de una obra expuesta en el museo que se escoge para ser exhibida en la Sala Cundinamarca, un espacio en el que sus amplios ventanales permiten que sea vista desde afuera, desde la carrera que lleva su mismo nombre. Lo que se busca es crear una conexión entre los distintos públicos del mismo, que tanto el transeúnte afanado o tranquilo, como el visitante local o extranjero, puedan apreciar las obras en una sala que cuenta con todos los parámetros de conservación y seguridad necesarias. Obras como Horizontes de Francisco Antonio Cano, Monalisa niña de Fernando Botero, El pueblo y el guayacán de Ethel Gilmour, entre muchas otras, han pasado por esta sala y han podido ser vistas por personas que tal vez nunca hayan entrado al museo.


Otro proyecto que nace sobre la misma carrera, es decir, sobre la parte trasera de la edificación, es Residencias Cundinamarca. En este espacio, artistas o colectivos podrán realizar una residencia en el Museo de Antioquia y crear así una propuesta de integración y visibilización con alguna de las comunidades o grupos sociales que habitan el entorno. Su esencia es tanto artística como educativa.


La esquina también es otro de los espacios que se creó como un lugar de socialización. A través de performances e intervenciones artísticas, el Museo de Antioquia le da vida a su esquina entre Cundinamarca y Calibío cada quince días. Allí se reta y hace frente a los problemas –que luchan entre ser estigmas o realidades– de seguridad en el sector, lo que dificulta el encuentro nocturno de quienes habitan el centro de la ciudad.


A estos proyectos se le suman Vive la Plaza, en el que colectivos podrán hacer una intervención artística en la Plaza Botero; Diálogos con sentido, un espacio pedagógico en el que niños del centro de la ciudad potenciarán sus habilidades y aprenderán a autorreconocerce como sujetos activos dentro de la sociedad; Vitrinas Cundinamarca, exposiciones inspiradas en la célebre Zona Roja de Ámsterdam; y Biblioteca de Saberes vivos, una gran huerta en la que se establece una relación entre comer, leer y escribir: sembrar se convierte en el mejor pretexto para contar historias.


Recorrer caminando la fachada del edificio, o dar un giro de 360 grados en su eje, demora alrededor de tres minutos con treinta segundos; solo si se hace a un ritmo tranquilo, pero no lento, con pasos firmes y sin detallar. Pero si se quiere apreciar toda la oferta cultural y artística que el Museo de Antioquia tiene para ofrecer con su macroproyecto, el tiempo invertido sería de mañanas, tardes o noches enteras, semanas o meses. La finalidad es que quienes habitan y frecuentan este sector del centro de Medellín puedan tener a su disposición eventos, presentaciones o exhibiciones en cualquier momento de su jornada; que puedan ser integrados y que se sientan parte fundamental de uno de los símbolos más importantes de la cultura antioqueña. Una oferta tan variada que los 4.504 m2 de la edificación no alcanza a abarcar, por lo que se extiende a otros escenarios de la ciudad.


El cabaret de ‘las guerreras’

Son las 7:50 p.m. y el Teatro Pablo Tobón Uribe se va llenando poco a poco. Las personas ingresan y se acomodan en las sillas dispuestas a apreciar la función que está a punto de comenzar. Caen las luces y una mujer, que se encontraba tendida en una esquina del escenario –inmóvil– desde que abrieron las puertas, comienza a arrastrarse, a moverse al ritmo de los sonidos virtuales que se escuchan de fondo. Inicia la primera escena de Nadie sabe quién soy yo, y de ella le siguen siete escenas más: son en total ocho mujeres, es decir, ocho historias.


Este performance en formato de cabaret es uno de los proyectos que nació en Residencias Cundinamarca. El Museo de Antioquia invitó a la artista bogotana Nadia Granados para que realizara una residencia en el nuevo espacio dispuesto por el museo, por lo que integró a varias prostitutas del sector de la Veracruz, vecinas de la zona, a participar en su proyecto artístico que “busca tumbar todos los estereotipos que existen alrededor de las mujeres que ejercen el trabajo sexual”, esos prejuicios que “todos tenemos por más mente abierta” que presumamos, según Carolina Chacón.


Se pasean en el escenario contando sus historias: cómo vender mechones de cabello puede ser la solución para ganar algo de dinero y así apaciguar el hambre, la manera en la que la sociedad establece estereotipos de cuerpos femeninos y excluye los “desmoldados”, la explotación laboral, el abuso doméstico con sus maridos y el impacto que ha tenido sobre ellas la violencia en el país.


“Es muy fácil llegar a la prostitución, pero es difícil salir de allí”, dice Luz Mery Giraldo, líder de Las guerreras del centro, nombre que adoptaron en su proceso de convertirse en una corporación. “El nombre nace de una compañera que yo tuve. Cuando iba a trabajar de madrugada, ella me decía: ‘hoy toca guerreármela’… y así nos toca a nosotras, es la guerra por el peso”.


Días antes de la presentación, Luz Mery, quien ha dedicado más de 17 años a trabajar por la comunidad de mujeres que ejercen el trabajo sexual, anunciaba enérgicamente la realización del performance: “Mi sueño es conquistar al mundo con mis obras, siendo vocera de muchas mujeres que están en situación de vulnerabilidad, porque… Nadie sabe quién soy yo.” El video, publicado por la cuenta oficial de Instagram de la corporación (lasguerreras.del.centro), suma hoy casi cuatrocientas visualizaciones.


En la misma cuenta de la red social, en la tarde de la presentación en el Pablo Tobón, iniciaron una transmisión en vivo de su llegada al Teatro. Mientras ingresaban, me incorporé a las tres personas que veían a través de la pantalla la entrada de ‘las guerreras’ a su campo de batalla o, sin el innecesario lenguaje bélico, a los camerinos. Aunque ya se habían presentado en otros teatros de la ciudad como La Hora 25, El Trueque y El Matacandelas, la emoción por estar en el Pablo Tobón era notoria. “Qué es esto tan bello”, “mirá, mirá esos espejos”, “yo creo que me voy a quedar a vivir acá…”, son algunos de los comentarios que entre risas, gritos y euforia se escucharon en la transmisión de Instagram cuando Melissa Toro, directora de la corporación, creyó necesario grabar el momento.


Luz Mery se me acerca al finalizar la entrevista y al oído me dice que tiene un poema que quiere compartirme. “Yo también escribo”, comenta orgullosa. Lo tituló Prostitución: esclavitud – explotación, y en él plasma lo que para ella significa el ejercicio del trabajo sexual, del cual también cree que ni siquiera debe recibir ese tecnicismo, pues “ni prestaciones sociales se reciben, no hay un salario fijo.”


Mujer pobre, enmudecida y opacada.

¿Dónde está tu juventud?

Brindando estás en copa rota

por esa piel que ya no es.

Hoy recuerdas esa noche

en donde fuiste presa frágil

de aquel lobo feroz,

y desde entonces tu sonrisa…

la tornaste en llanto.

Prisionera sigues,

del vicio idolatrada.

Doblemente explotada

y por la sociedad,

doblemente olvidada.


Y es en el final del poema en donde es más notorio el impacto que el proyecto ha tenido. Desde que iniciaron su proceso con el Museo de Antioquia, la prostitución en el centro de Medellín –un fenómeno social con el que se convivía a diario pero era ignorado– se ha visibilizado. A través de la intervención se le ha mostrado a gran cantidad de personas en teatros con aforo completo, en prensa y redes sociales, lo que de verdad significa ser prostituta.


El año pasado el performance ganó el premio Obra 2017 del periódico de arte y cultura, Arteria, con el 45, 9% de los votos. Distinción que se suma al éxito que han tenido en todos los teatros en los que se han presentado y la buena acogida por parte del público. Este proyecto fue posible gracias a “un proceso de intercambio entre las ideas escénicas, visuales y la estética de la artista, con las historias de las mujeres. Todo se fue dando a medida que fueron encontrando espacios de conversación muy personales e íntimos”, como lo cuenta Chacón antes de la función.


Estas mujeres le han dado un nuevo significado a su vida, se han demostrado a sí mismas que es posible pasar de trabajar en el catre oxidado, a brillar en el escenario. Que los sueños se pueden cumplir, tal como María Flórez lo hizo: “Yo nunca me imaginé que podía montarme en un teatro a hablar y que a la gente le gustara, ahora soy famosa, una artista.”


En la esquina también se llora

María Natalia Ávila, artista bogotana, convirtió el espacio del museo entre Cundinamarca y Calibío en una cantina, con su proyecto Las divas también lloramos: amor, humor y desamor, en el que a partir de una “banda sonora interpretada por divas de la música de despecho” establece lazos con las historias de amor de quienes participan, como lo dice el pasacalles que anuncia la intervención.


La propuesta que esta vez reunió al público en La esquina, fue la de un proceso de intercambio. No me concede la entrevista hasta que yo me tome un “aguardientico”, me dice la artista; luego de haberlo hecho, me pide que la espere pues hay una larga fila de personas detrás de la mesa principal deseando hablar con ella. Una señora, de edad avanzada, tiene en su mano un perrito desgastado de peluche, lo mira y zarandea. “Este chandosito me lo dio el primer novio”, dice la señora mientras María la escucha atenta; “tome”, culmina y se lo entrega. La artista lo recibe con una sonrisa, lo deposita en una caja que tiene al lado y le enseña distintas piezas gráficas que hay en la mesa: serigrafías, pegatinas, botones y fanzines.


“La gente puede venir y traer cartas, credenciales, fotos… objetos que tienen que ver con el desamor de los que la gente quiere salir”, comenta la artista. Y como “a veces quemarlos o botarlos es una acción violenta a la que uno no se atreve”, ella los recibe y a cambio, el despechado, podrá quedarse con alguna de las piezas gráficas de su creación; objetos que, en este caso, sí “tienen afecto”.


De fondo suena La cuchilla de Las Hermanas Calle y un grupo de mujeres –de pie– corean juntas la canción. En el lugar hay por lo menos más de veinte personas y son las 9:30 p.m., una hora en la que estar en el centro de Medellín puede significar, para muchas personas, un acto arriesgado. El sitio está decorado con afiches de distintas cantantes latinoamericanas que han dedicado su vida a cantarle al amor y desamor. Al lado de la mesa principal hay una Paquita la del Barrio a escala que parece vigilar la fila hacia María, mientras las personas esperan por el encuentro, van a la figura de cartón y se toman una foto con la cantante mexicana.


Estar en el Museo de Antioquia, para la artista, significa “la posibilidad de acceder a más personas, que el proyecto pueda hacerse efectivo, y eso es increíble”, así como también lo es la convocatoria de público en ese horario.


Museo 360 es también un museo de jornada continua en el que el momento del día no es un impedimento para la formación y encuentro entre públicos; es la prueba fehaciente de que con el arte se puede hacer frente a la inseguridad y violencia.


Aunque el intercambio de objetos solo fue por una noche, su propuesta artística se extiende a Vitrinas Cundinamarca, en donde láminas cubren cinco vidrieras de la parte trasera del museo con imágenes de artistas como Chavela Vargas, Liz Freitez, Lolita Flores, entre otras, acompañadas de frases de sus canciones.


Noventa años de historia

Desde finales de la década de los años veinte del siglo pasado, se hacía notoria la necesidad de tener una sede de gran albergadura para la administración local, pero solo fue hasta el 7 de diciembre de 1931 cuando el Concejo de Medellín propuso la iniciativa de creación de un edificio que acogiera la Alcaldía y Concejo de la ciudad. Al año siguiente se abrió un concurso en el que arquitectos y empresas constructoras podían enviar sus propuestas. La firma H.M Rodríguez e hijos fue la ganadora.


La construcción de la edificación se terminaría en 1937 y serviría como Palacio Municipal hasta 1988, año en que el edificio pasó a manos de Empresas Públicas de Medellín, compañía que se ubicaría allí solo hasta el año 2000 cuando el inmueble pasó a ser la sede principal del Museo de Antioquia.


El edificio patrimonial, declarado Monumento Nacional por medio del Decreto 1802 de 1995, conserva entre sus paredes noventa años de historia, y su vigencia es evidente. Ha sobrevivido a esa “falsa idea de progreso” como el escritor y periodista Darío Ruiz Gómez le llama al construir y reconstruir permanente en el que vive el centro de la ciudad.


Esa vitalidad tan solo es posible si se ejecuta una renovación, y no necesariamente a partir de una obra de desplome. Museo 360 ha significado para el Museo de Antioquia, y su edificación principal, un nuevo aire. Para Luis Felipe Saldarriaga, arquitecto de Patrimonio Cultural de la Gobernación de Antioquia, la mejor manera de otorgarle a estas edificaciones patrimoniales vigencia es articulándolas “con la cultura y la educación, e incrementando programas de formación y difusión de ese patrimonio cultural en todos los ámbitos.”


Premisa que el Museo de Antioquia ha entendido y que gracias a eso hoy es posible no solo conocer los espacios que tiene a su disposición en el interior, sino también en su fachada: vidrieras, columnas, rejas y cercas que cuentan una parte importante de nuestra historia como sociedad, y que sirven –a través del macroproyecto– como el mejor escenario para que la misma se visibilice y resalte: pasar del contorneado en el papel, a caminar por las calles del centro de Medellín.



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