Carlos Ossa EL POETA DE LAS ESCALINATAS

Hace más de quince años que Carlos Ossa abrió una oficina en el edificio Coltejer. El poeta llega hasta allí todos los días para pensar y escribir.

Entonces, se armó de valor y le preguntó, dejando todo prejuicio a un lado, lo que se había cuestionado desde que se sentó a su lado. No entendía cómo alguien podía vivir de la literatura sin ser un escritor famoso.

—¿Y vos de qué es lo que vivís? —Preguntó el joven periodista sin pudor alguno.

El poeta lo miró y calló por unos segundos, el ruido de los carros que pasaban por la avenida La Playa desapareció. Todo fue silencio, silencio que fue interrumpido por la risa del poeta, que se echó a reír y miró al periodista, que tenía cara de ingenuo, y sostenía firmemente una pequeña libreta azul, que perfectamente podía cargar en su bolsillo, y un lapicero Bic, a la espera de la respuesta para escribir rápidamente, con una letra que solo él entendería.

—¿Que de qué vivo?, pues de milagro —respondió, y los dos comenzaron a reír sin importar nada de lo que pasaba a su alrededor.

Primera escena Al periodista le contaron sobre un hombre que era poeta, que tenía una oficina en el edificio Coltejer y abría todos los días de diez de la mañana a cinco de la tarde. Llegó a él, luego de que le mostraran una carta que había escrito sobre el cierre de la librería Nueva, en julio de 2015, que titulaba: “Cerrar librerías, ¡qué vergüenza social!” y estaba firmada por un tal Carlos Ossa. Se la había dado un viejo librero de La Bastilla, don Augusto, quien le dijo que ese hombre se la pasaba todos los días ahí, pensando, escribiendo, conversando, viendo pasar la ciudad, que esa era su oficina y ahí lo podía encontrar. “El hombre tiene una prosa muy interesante, vale la pena conocerlo y, por supuesto, vale la pena leerlo”, aseguró don Augusto.

Le pareció una historia llamativa, un poco loca, pero que valía la pena conocer al poeta. Además, ¿cómo dudar de la palabra de don Augusto?, si este se la pasaba leyendo todos los días y había recorrido las líneas de las obras más importantes de la literatura universal.

Segunda escena Pasaron los días y fue a conocer a Carlos Ossa. Era casi mediodía y hacía calor, las calles estaban llenas de transeúntes, que no tenían tiempo de mirar lo que pasaba a su alrededor, todos tenían afán.

Llegó al edificio y comenzó a mirar las caras, pero ninguno tenía cara de poeta. “¿Cómo es una cara de poeta? ¿Acaso todos eran como Gonzalo Arango o León de Greiff?”, se preguntó, pero no tenía ni idea, siguió mirando las escalas del Coltejer, las que dan con Junín, al frente de la difunta Nueva, pero no había ningún hombre con cara de poeta.

Decidió ir a las que dan con la avenida La Playa y tampoco vio alguna cara de poeta. En ese momento dijo, que si Carlos Ossa existía, seguramente debería de estar escribiendo o leyendo, eso quería decir que no estaba.

Caminó hasta La Bastilla, pasando por la calle del Tuvo (le dicen así, porque todo el que está ahí alguna vez tuvo mujer, tuvo casa y tuvo plata), para ir a hablar con don Augusto, solo él le podía dar razón del poeta. Nada pasó, el librero no estaba, quedó en las mismas.

Dio una vuelta por Junín, para matar el tiempo, pero no encontró nada para hacer. Volvió a las escalas, las que dan con La Playa y vio a un hombre que no estaba la primera vez. Estaba sentado de carrizo y miraba atentamente todo lo que pasaba a su alrededor, se notaba que no se le escapaba ningún detalle. “Ese debe ser”, exclamó.

Tenía que estar seguro, no quería hablar con la persona equivocada. Se acercó a un vendedor de lotería y habló con él.

—Buenas señor, le pregunto, estoy buscando a un tal Carlos Ossa, él es poeta y me dicen que se hace aquí todo el día.

—Ese es que está allá sentado —dijo el lotero, mientras señalaba al mismo hombre que el periodista había observado.

Se dirigió lentamente hacia el poeta y mientras subía las escalas, preparó la presentación. —Buenos días, ¿Carlos? —Mucho gusto, Carlos Ossa. —Mucho gusto, soy periodista y don Augusto, de La Bastilla, me habló de usted, me dijo que usted era poeta. —Eso dice la gente, dicen que yo soy el poeta de las escalinatas —respondió el poeta mientras se reía. —Es para ver si me da una entrevista, me contaron sobre usted y quiero escribir su historia.

El poeta volvió a reírse, miró a su alrededor, miró los carros que pasaban, los vendedores ambulantes y exclamó: “Pues bienvenido, sentate”. De inmediato el periodista tomó asiento, se puso cómodo en la oficina y sacó de su bolsillo una libreta y un lapicero.

Una postal que para muchos desaparece en la rutina del Centro: Carlos Ossa en su escenario de trabajo.

Foto: Mateo García Agudelo.

Tercera escena Era 1960 y seguramente, en Puerto Berrío hacía calor. Carlos Ossa, que nació en Remedios hace 73 años, llevaba algunos años viviendo en este lugar y la relación con la literatura se hacía cada vez más estrecha. Carlos vio la necesidad de escribir inspirado por las lecturas que venía haciendo. El reposo del guerrero, de Christiane Rochefort, fue una de estas. “Cuando uno se integra con la lectura, aparece el deseo de escribir lo propio”, comentó Ossa.

Y así fue, el deseo se convirtió en realidad y comenzó a escribir, sin dejar a un lado la lectura. Por esa época fue que se conformó el Grupo Puerto, unos amigos medio bohemios y medio intelectuales, que deseaban ser escritores.

Cuarta escena Puerto Berrío, Antioquia, enero de 1964. Al caluroso Puerto llegó el fundador del Nadaísmo, Gonzalo Arango. Estaba de paso, pero se quedó cuando le contaron que existía un grupo de muchachos afiebrados por la literatura.

Para entonces, el Grupo Puerto, lo único que había hecho era un manifiesto en rechazo a los que comentaban que eran los loquitos del Puerto. Eso llamó la atención de Gonzalo.

Carlos recuerda que era un hombre muy generoso en todo sentido, además, “no hacía alarde de nada, parecía como uno más de nosotros, nos hacía sentir bien”. Hablaron de poesía y literatura, ellos estuvieron muy emocionados, pues, “nosotros los leíamos mucho a ellos —a los nadaístas—, comprábamos todos los suplementos, para saber qué estaban haciendo”. Gonzalo Arango los leyó y les dijo que iban por buen camino, los animó a escribir.

El poeta nadaísta “fue un azar maravilloso, de esos regalos que da la vida, porque con eso no contaba nadie, ni él ni nosotros. Nos estimuló mucho, que siguiéramos escribiendo, que veía talento en todo el grupo”.

Finalizaba la década del 70 y Carlos Ossa, a sus 35 años, llegó a Medellín. Las posibilidades económicas en el Puerto estaban ahogadas y en la capital paisa podía encontrar algo mejor, además de mejores posibilidades en cuanto sus aspiraciones literarias. Si había vivido por la literatura, ahora quería vivir de la literatura.

Quinta escena Encontró trabajo como revistero, pero no aguantó tanta presión. Para lo único que ha servido toda la vida es para escribir, por eso declamó alguna vez: “Soy un fracaso en los aspectos prácticos de la vida”. Fue heladero, revistero, bibliotecario y otros oficios relacionados con el arte de escribir. Él es un trashumante de los oficios.

Ha publicado más de 23 títulos, siete de poesía, siete de narrativa y otros que no tienen un género definido. Su primera publicación fue Poemas del Grupo Puerto, en 1980, desde ahí no dejó de hacerlo, todos los hace por su cuenta, los vende él mismo y unos amigos libreros le ayudan.

Sexta escena La llegada a la ciudad le permitió hacerse un espacio como escritor. Comenzó a colaborar con algunos medios, como el suplemento de El Colombiano y la Revista Universidad de Antioquia, pero la cosa no terminó muy bien.

Séptima escena Conoció una Medellín bohemia, la ciudad de la noche que lo fue arrastrando lentamente, trago tras trago. Tal vez ahí terminaron todas sus posibilidades, porque desapareció del mapa literario de la ciudad. Llegó a raspar hielo, para pagar un cuarto en el que vivía.

Octava escena Dejó la bohemia, esa vida quedó atrás y volvió al arte de escribir. Tal vez era demasiado tarde. Casualmente por esos mismos años, terminando el siglo, llegó por azar al edificio Coltejer. Y ahí estaba él, más de 15 años después, hablando con un periodista sobre literatura y poesía.

—Entonces, ¿vos cómo definís la poesía? —Preguntó el periodista.

— Siempre he dicho que definir ha sido de dioses y si hay algo difícil de definir es la magia.

Cualquier atrevimiento que uno intente con la definición se quedará corto, y no solamente corto, sino que no da la idea exacta de lo que es esa realidad poética —dijo el poeta de una manera muy romántica.

Novena escena Una mañana cualquiera, el periodista lo fue a buscar. El poeta no estaba, pero sabía exactamente en qué lugar se encontraba. Fue al viejo Club Unión y lo encontró en la cafetería escribiendo. No lo quiso saludar, no podía interrumpir su trabajo, mejor se fue a andar por ahí, para luego ir a visitarlo a la oficina.

Y es que Carlos escribe en el Centro Comercial Unión, aproximadamente dos horas diarias. A las ocho en punto está ahí, es un lugar tranquilo, silencioso. “Porque todo sueño, el más desatinado, el más fantasioso, el más inverosímil, es siempre una realidad que espera su turno”, escribió alguna vez.

Décima escena Más de un año había pasado desde su primer encuentro; los dos, por azar de la vida, se siguieron viendo cada vez que el periodista iba al centro, las escalas del Coltejer se volvieron una parada obligada para él.

Era una tarde de noviembre de 2016 y hacía calor. El periodista llegó a buscar al poeta, pero no lo encontró. No sabía qué hacer, se sentó a esperarlo, la oficina todavía no cerraba sus puertas y había posibilidades de tener un encuentro con el poeta. Al frente de esta se gritaba a todo pulmón: “Siete maduros por dos mil, traídos desde Armenia”. Esos gritos se combinaban con la voz de Rodolfo Aicardi, que sonaba a lo lejos, anunciando que diciembre estaba a punto de llegar.

Pasó media hora, el sol se vio amenazado por una leve llovizna, que obligó a los transeúntes a sacar sus paraguas y justo cuando se iba a marchar, apareció el poeta.

—Mi querido periodista —exclamó alegremente.

—Carlos, ¿cómo va todo?

Hablaron unos momentos de la vida, de la ciudad, del periodismo, de literatura, de Roberto Bolaño.

El periodista debía romper el hielo, para poderle decir cuál era el verdadero motivo de su visita. —¿Cómo te parece que voy a volver a escribir sobre vos? —No jodás hombre, ¿otra vez?, ¿qué más vas a decir? —dijo el poeta con una voz burlesca. —Algo me inventaré.

Epílogo (o continuación de la introducción) Las risas terminaron, los dos se pusieron serios. Otra vez imperó el silencio, los carros dejaron de pasar. El poeta miró al periodista y exclamó, o declamó: “aunque parezca irreal, vivo de la literatura, gracias a algunas colaboraciones que me generan un salario… pero, un salario de poeta”.

Las risas volvieron y ahí comenzó la historia. El periodista se marchó y el poeta se quedó, porque apenas era mediodía y la oficina no se cierra hasta las cinco de la tarde.

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