LA INGENUIDAD DE CREER EN LA DEMOCRACIA



La democracia es la ilusión que nos regalaron los países industrializados y de economías poderosas. Nadie nos dijo que escuchar y aprender cómo funcionaba esta forma de gobierno no garantizaba la efectividad de esta. Como siempre, se espera más de lo que realmente llega, tal como abrir un regalo y encontrar unos teni-tacón en vez de los anhelados tenis de correr.


Nos enseñaron que la democracia, ya fuera participativa, representativa o deliberativa era la respuesta universal a los problemas de un país.

-¡Gobierno de la multitud!, dijeron los griegos.

-¡Si nos libró de la monarquía nos puede salvar de todo!, afirmaron los franceses.

- ¡Todos los países americanos deben tener gobiernos democráticos, nada de dictaduras!, dijeron los estadounidenses y ahora conocemos el suceso histórico llamado Operación Cóndor.


La democracia se expandió por el mundo cual potencia imperial, siendo el pensamiento occidental una especie de auditor que, sin observar realmente el contexto, intervino en lo político, económico, militar y social.


La teoría suena muy bonito hasta que choca con la práctica. Pretender que el andar de la democracia vaya al mismo paso del de todos los países es como creer que un pantalón talla 4 le entra a una mujer caderona de 60 kilos. Simplemente no es posible.


Un ejemplo común y silvestre es el contexto propio. En un país como Colombia, gobernado por la élite de siempre, con medios de comunicación bajo la mano opulenta de los gobernantes, con ciudadanos desinteresados por las cuestiones públicas, despreocupados por su país y ocupando el puesto 94 de los 175 países corruptos en el informe de Transparency International de 2015, es bien difícil que la democracia sea su heroína.


Sin embargo, en los colegios y escuelas a lo largo del territorio colombiano aún se sigue enseñando, ya sea por ignorancia o ingenuidad, que este es el modelo que merece Colombia. A mí me lo enseñaron, y hablar en contra de la maravillosa democracia puede ser a veces pecado capital.


No malinterpreten. El participar y escoger quién nos gobierna es ya de por sí un paso gigantesco para que las igualdades y equidades se planten en un Estado. Sin embargo, considero que para que funcione realmente es necesario hacer ajustes.


Primero, es fundamental que los fenómenos colombianos se traten antes de intentar ceñir unas dinámicas que no fueron hechas a las medidas de nuestro país. Si bien este vocablo propone una forma de vida, un vivir en armonía con la opinión del otro, está ha demostrado que el gobierno de la mayoría no siempre es palabra de Dios.


Texto publicado en la Edición 52 de contexto.

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