Batalla rosa

Ahí estaba ella. Impaciente y nerviosa. A punto de romper en llanto. Incapaz de atravesar la puerta del consultorio. Veía a las mujeres de su alrededor desfilar por los pasillos, sin un solo pelo en sus cuerpos, con caras largas y cabizbajas. Todas ellas, seguidas por una enfermera que caminaba con afán, quien indicaba la sala asignada donde pasarían cuatro horas de su día, tumbadas en una silla, mientras un líquido espeso de color naranja neón pasaba por sus venas, arrasando con todo. No quería ser una de ellas. Creía que después de su cirugía todo estaría resuelto.


Verónica Peñaranda Isaza / periodico.contexto@upb.edu.co


Lucía*, de 51 años, es esposa de Francisco* y madre de Natalia*. Se dedica a la arquitectura, más específicamente a las reformas. Es de corta estatura y tez clara. Lleva su cabello liso y negro en un estilo corto y a capas. Sus labios siempre están pintados con colores vibrantes, en su mayoría, los rojos y magentas. Es muy conversadora y extrovertida.


Fue diagnosticada con senos fibroquísticos en su juventud y su madre es sobreviviente del cáncer mamario, por lo que, de manera periódica, se realizaba chequeos.


Comenzó con un dolor en el seno derecho durante dos meses, por lo que decidió ir a realizarse una ecografía para descartar alguna anomalía. Fue sola, pues no esperaba nada nuevo en su diagnóstico. El especialista no tuvo que tardar mucho en decirle que había encontrado un carcinoma mamario ductal infiltrante en su seno izquierdo, irónicamente, el seno contrario al de su dolor.


Según la American Cancer Society, este tipo de cáncer es diagnosticado al 80% de las mujeres que padecen esta patología. “Comienza en las células que revisten un conducto de leche en el seno. A partir de ahí, el cáncer invade la pared del conducto, y crece en los tejidos mamarios cercanos. En este punto puede tener la capacidad de propagarse (hacer metástasis) hacia otras partes del cuerpo a través del sistema linfático y el torrente sanguíneo”.


“Al escuchar esas palabras, a mí se me derrumbó el mundo. En ese momento yo estaba en la etapa más importante de mi profesión. Tenía muchos proyectos, entre ellos, montar una oficina gigante de publicidad. El doctor me dijo que llamara a mi esposo, y habló con él. Salí de la cita y no entendía nada. Francisco me decía que hablara con mi jefe, porque tendría que parar mi trabajo para hacerme todos esos exámenes. Eso fue horrible”.

Cayó en una grave depresión, hasta llegar al punto de recibir medicación. Su hija, Natalia, tenía 13 años, y lo que más la atormentaba era el pensamiento de no verla crecer.


La psicóloga Estefanía Arango, resalta que, al diagnosticar un cáncer, de cualquier tipo, se disminuye la esperanza de vida, debido que se genera un componente derrotista, lo que acarrea una decadencia física y emocional. “A través de la historia hemos sabido que esta patología disminuye mucho la expectativa de vida y no en vano conocemos la rigurosidad del tratamiento y las consecuencias que pueden traer estos procedimientos, los cuales asustan mucho. Sin duda alguna siempre van a presentarse altibajos emocionales, y tanto la ansiedad como la depresión estarán ahí presentes constantemente”.


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Mientras Lucía vio su mundo caer al ser diagnosticada con un cáncer mamario, Cristina*, lo tomó como un reto más en su vida.


Cristina, de 61 años, es soltera. De mediana estatura y contextura delgada. Su pelo es teñido de un color rojizo con iluminaciones, que contrastan con su piel blanca. Le apasiona la cocina, por lo que, después de ser despedida de su trabajo anterior, decidió empezar su propio negocio de comida internacional desde su casa. Vive sola y entrega toda su fe a la religión católica.


A sus 59 años, se realizó una mamografía de control, donde se halló una calcificación extraña, que posteriormente sería un cáncer. “Cuando me entregaron los exámenes y leí que tenía un cáncer mamario, pensé ¿quién soy yo para que no me dé cáncer? Además, yo miraba a las personas de alrededor que iban recibiendo sus resultados y me cuestionaba, ¿qué tendrán los otros? Pues si tengo cáncer lo tendré muy incipiente, así que no me preocupé mucho”.

Había sido diagnosticada con un carcinoma mamario ductal infiltrante en el seno izquierdo. “Yo en ningún momento tuve miedo. Siempre estuve tranquila. Yo pensaba que si esa era la manera en la que me iba a morir, pues me iba a morir, y si no era mi momento, pues iba a salir de esa. A mí el cáncer no me generó nada. Lo que sí me tumbó fue cuando me dijeron que debía ser tratada con quimioterapia”.


El tamaño del carcinoma había comenzado en pocos milímetros, pero al cabo de un mes ya había incrementado a 2.5 cm. Era imprescindible que le practicaran una cirugía. La mastectomía radical. “El doctor me dijo que me iba a quitar todo el seno izquierdo, pero yo le dije que me quitara los dos de una vez. No quería volver a entrar a un quirófano en quince días o un mes para que me dijeran que ya se había esparcido a la otra mama, entonces me hice quitar las dos”.


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El artículo escrito por Ruiz de Aguirre y Villanueva Edo, titulado Evolución del Cáncer de Mama a Través de la Historia, expone que la mención de esta patología se remonta a los años 1600, citada por primera vez en el papiro de Edwin Smith, quien describe el tratamiento de los primeros tumores mamarios mediante cauterización (quemaduras) o exéresis (extirpación).


En cuanto a las primeras cirugías de mama, se menciona a Heródoto, historiador griego y escritor, quién relata el mito de las amazonas, mujeres guerreras que se hacían amputar el seno derecho para agudizar su puntería en el manejo de las flechas y el arco. Además, se describe el martirio de la siciliana Santa Agueda, la cual recibió la orden del gobernador romano de Siracusa, de amputar sus senos salvajemente.


Este documento también describe a la medicina grecolatina en relación a la cirugía de mama, desde los Tratados Hipocráticos (escritos médicos atribuidos al padre la medicina contemporánea, Hipócrates, en los siglos V y IV a.c), hasta el siglo I d.c., cuando el filósofo Celso lo menciona en su obra y Leónidas explica la mastectomía relacionada con la cauterización. Posteriormente, surgieron diferentes opiniones acerca del tratamiento para el carcinoma mamario ya que, en primera instancia, Galeano, aseguraba que la amputación del seno era inútil, debido a que el rápido incremento del tumor hacía de la intervención operatoria un método poco efectivo.


La medicina medieval mejora después de los estudios de disección anatómica, plasmados en las pinturas de Leonardo Da Vinci y Jon Stephan de Calcar. Los cirujanos de los siglos XVI y XVII, tales como Vesalio, Ambrose Paré, Cabral, y Miguel de Servet, amplían los conocimientos sobre los tumores en los senos femeninos e identifican que esta enfermedad conlleva una mayor dificultad quirúrgica.


Se conciben nuevos instrumentos como los descritos por Van Hilden y Gerard Taber, a modo de guillotinas que seccionan las mamas tumorales, con el objetivo de reducir el dolor y el tiempo de la operación. Más adelante se identifica que la extirpación del tumor debe ser total, además de la extracción del pectoral o tejidos de alrededor. Petit, es el primer cirujano en plantear la mastectomía radical y la conservación del pezón.


En el último tercio del siglo VXIII se descubre el microscopio por Anton Leeuwenhoek, el cual despliega un mayor conocimiento sobre los tumores cancerígenos en los senos femeninos reconociendo que el diagnóstico temprano garantiza un mejor progreso.


Charles Moore, fue uno de los cirujanos más destacados en tumores mamarios, quien concluyó que el cáncer de seno requería una extirpación completa del órgano, además de la limpieza de los bordes y los tejidos cercanos afectados.


Además, Ruiz de Aguirre y Villanueva Edo, explican que, Joseph Lister, apoyado en los descubrimientos de Pasteur, sobre las infecciones quirúrgicas, ayudarán a nuevas prácticas antisépticas y asépticas, lo que dará como resultado una disminución de las muertes postoperatorias inmediatas y la implementación de nuevas maneras de exéresis.

Los nuevos cirujanos comienzan a experimentan nuevas técnicas y variaciones relacionados con sus experiencias personales, técnicas que se resumen en: “Mastectomía radical de Halsted, Mastectomía modificada de Patey, Mastectomía suprarradical de Dahl-Ivern, Mastectomía simple y Mastectomía subcutánea”.


A finales del siglo XIX, con el hallazgo de las hormonas, se pensó que el cáncer de mama podría ser causado por un desequilibrio hormonal, por lo cual, se podría evitar con una adecuada terapia. Algunos de los tratamientos que se implementaron fueron la testosterona, la ooforectomía (remoción de los ovarios) o la cortisona, los cuales dieron resultados poco alentadores.


En 1895 con el descubrimiento de los rayos X realizado por Wihelm Röntgen, Marie y Pierre Curie, se inicia la terapia radioactiva contra los tumores mamarios cancerosos. “Así se usaron la introducción de agujas radioactivas en el tejido canceroso, la irradiación intersticial, las técnicas de alto voltaje y otras, que han llegado hasta nuestros días”.


Por último, se menciona a los compuestos de arsénico que se usaron como quimioterapia a finales del siglo XIX, y en la actualidad, tratamientos con mostazas nitrogenadas.


Los autores finalizan exponiendo que “en el inicio del siglo XXI el tratamiento del cáncer del seno femenino, conocido mediante un diagnóstico precoz y fruto de un estudio preventivo, se basa en un trípode equilibrado: Cirugía, radioterapia y quimioterapia, que un equipo de cirujanos, radioterapeutas y oncólogos deberá determinar, según el estudio protocolizado de cada paciente”.

Cortesía: Mariarosa Velásquez.


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Quince días después del diagnóstico de Lucía, le practicarían una cirugía para la extirpación del cáncer. Su médico le sugirió realizarse una cuadrantectomía, es decir, únicamente someterse a la extracción del tumor mamario, pero Lucía insistía en que quería una mastectomía radical, lo que significa, la extracción completa de sus senos.


“El especialista me decía que no me quitara todo el seno, que perdería toda la sensibilidad y que podría ver afectada mi relación de pareja. Sin embargo, yo estaba muy convencida de que me quitaran los senos completamente. Él insistía. Finalmente, Francisco me dijo que él prefería una mamá para Natalia que un seno en la cama. Esta enfermedad o une a las parejas o las separa definitivamente, pero en mi caso, mejoró mi matrimonio. Es que este cáncer no solo me dio a mí, sino que nos dio a los tres. Francisco sacrificó una parte muy importante de mí, y a mi hija la molestaban en el colegio porque le decían que la enfermedad de su mamá era contagiosa”.


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El Dr. Jaime Alberto Restrepo Pérez, egresado de la Universidad Nacional de Colombia, es un reconocido especialista en cirugía plástica, estética y reconstructiva en la ciudad de Medellín, que labora en la Clínica Medellín de El Poblado. Así como lo expone, es fundamental el acompañamiento a las pacientes por parte de sus parejas.

“La mayoría de las veces, las parejas acompañan en este proceso a las pacientes lo cual es muy importante, ya que los procedimientos reconstructivos son grandes y algunas veces dolorosos. Por eso es importante la participación de ellos. Y aunque no son en últimas los que definen el tipo de cirugía o el tamaño del implante, cuando la paciente intervenida sabe que cuenta con ellos, es un paso significativo que ayuda en su proceso de recuperación”.


Además, el Dr. Jaime Alberto Restrepo opina que las perspectivas de las pacientes que van a ser intervenidas con una mastectomía, en su mayoría, son positivas. Sin embargo, puede generar ansiedad por el resultado final.


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A diferencia de Lucía, el testimonio de Georgina Argüelles, presentado por la W Radio en el 2020, titulado El testimonio de Georgina: ella superó el cáncer de mama y un divorcio, demuestra lo que viven muchas mujeres al ser diagnosticadas con un cáncer de seno y someterse a una mastectomía radical.


“Joven, alta, delgada, ojos color miel. Su paso por los pasillos del hospital no es indiferente. Georgina Argüelles es sin duda, una mujer atractiva. Pero le falta un seno”.


La primera reacción que tuvo al saber que tenía cáncer de seno fue pensar en la muerte, puesto que había tenido dos familiares que habían fallecido por la misma causa. Ella decía “yo no me quiero morir, no me quiero morir”.

Llevaba casada con su pareja sentimental 18 años. “Cuando él supo, me decía, ´yo voy a estar contigo, no te preocupes´… pero se fueron dando situaciones y sentí que más que apoyo de él, era un estorbo, porque me decía: ‘así como estás nadie te va a querer’”.


Los primeros tres meses continuó a su lado, pero Georgina notaba fastidio por parte de él. Para su tercera quimioterapia, le pidió que no la acompañara más, porque en lugar de subirle sus ánimos, la hacía sentir mal.

Georgina explica que su esposo pensaba que ella se iba a morir, pues no pudo superar la impresión del diagnóstico.


Ella misma decidió separar los caminos, pues sentía que, si se quedaba con ese hombre, ella moriría. Además, puntualiza que se sentía herida, abandonada y lastimada. “Cómo es posible que cualquier pretexto fue fácil para decir ahí nos vemos, en lugar de que luchara conmigo”.


Las cosas que él le dijo en esos momentos la afectaron mucho, “aunque él me diga que no lo decía con esa intención, para mí, en el momento en que yo estaba más vulnerable en mi vida, hasta el día de hoy, las sigue trayendo en mi cabeza”. Finalmente concluye diciendo que su separación ha sido complicada, pero no ha dejado que esta situación la domine.


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Si bien Lucía no vio sacrificado su matrimonio, ella describe que sus amistades han tenido un cambio radical después de su cáncer en cuanto a la ausencia y el poco apoyo. “Las relaciones amistosas se afectaron totalmente. Los amigos se cuentan dos veces: en las buenas se saben cuántos son, y en las malas se saben cuántos quedan. Yo era la más amiguera, y después de todo esto, mis amigos se cuentan con los dedos de una sola mano”.


Bibiana Vergara, asistente administrativa de la fundación Fundayama, ubicada en Medellín, puntualiza que la ayuda psicológica relacionada en temas de familia, relaciones sociales y de pareja son indispensables, por lo cual, son programas importantes en la fundación. “Uno de los factores más relevantes de la baja autoestima en las mujeres, y por la que buscan ayuda, es la caída del cabello y la mastectomía radical. Los esposos las rechazan porque se ven calvas, además de que la mama, después de la reconstrucción, no queda estética, pues queda con una apariencia diferente, por lo que afecta las relaciones de pareja”.


Para la psicóloga Estefanía Arango, el acompañamiento psicológico asertivo es indispensable para las parejas, pues es el cáncer un gran detonante para la separación de compañeros sentimentales. “Si no se contribuye a generar esas buenas expectativas con su pareja, puede acarrear esa inconsistencia, pues la mujer que padece el cáncer se sentirá insegura, vacía y ausente, y creerá que no le podrá suplir al otro con lo que a ella le falta”.


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La cirugía de Lucía fue exitosa. Estaba totalmente convencida de que su intervención quirúrgica sería suficiente para extirpar el cáncer, pues ya le habían quitado su seno completo.


“Después de recuperarme de la operación, me dijeron que fuera donde el oncólogo. Uy no, ese día sí tuve un choque. A mí me dio una cosa, lo más horrible. Yo no era capaz de pasar esa puerta del consultorio. No era capaz de entrar. Yo lloraba y empecé a ver toda la gente sin pelo, y yo decía, ¡pero yo qué estoy haciendo acá dónde un oncólogo que me va a hacer una quimioterapia! Me dio un ataque de pánico tenaz. Y uno siempre conserva la esperanza de que no se le va a caer el pelo”.


Le formularon la quimioterapia adyuvante, -más conocida como la quimioterapia roja, que se destaca por su agresividad en el cuerpo-, durante 6 meses, con dosis cada 28 días.


“¿Lo más duro de la quimioterapia? Uy no, lo síntomas. Fueron mortales. Me derrumbaban. La pastilla que me daban me mataba. Yo prácticamente duraba 21 días muerta, tirada en un sofá. El día 21 me aliviaba, esos siete días comía bien, hasta el día 28, y volvía y me moría. Yo me perdí a Natalia seis meses. Enflaquecí mucho, porque solo me tomaba tres cucharadas de sopa en todo el día. Siempre tenía náuseas y esa sensación era muy maluca”.


Para Lucía, lo más difícil de tener cáncer de seno es el miedo a morir. “Yo le decía a mi mamá que no quería otra quimio más. Que no iba a aguantar. Ella me decía, Lucía, piense en algo, para que puedas resistir”. Ella solo quería ver a su hija cumplir 15 años y lo describe como su mayor motivación, que la ayudó a sobrellevar el tratamiento.


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La Organización Panamericana de la Salud (OPS) expone que el descubrimiento de la quimioterapia fue una casualidad, puesto que fue un hallazgo del gas mostaza utilizado durante la primera guerra mundial. Antes de este descubrimiento los tratamientos para el cáncer de mama no habían tenido buenos resultados.


“El gas mostaza, también conocido como mostaza azufrada, es un agente de guerra química con efecto vesicante, sintetizado por Frederick Guthrie en 1860”. Fue muy usada durante la época, teniendo efectos mortales. “Fue responsable de 1.205.655 víctimas no fatales y 91.198 muertes. La toxicidad de este agente varía en función de la dosis”.


Los efectos pueden variar, desde irritación en la piel y conjuntivitis, hasta síntomas graves pulmonares. Las secuelas que puede generar este gas pueden ser alopecia, vómitos y vulnerabilidad a infecciones.


“Estas manifestaciones resultan del efecto alquilante del veneno que daña el ADN (un componente vital de las células en el cuerpo), se reduce la formación de los glóbulos sanguíneos (aplasia medular) y se presenta disminución anormal de los eritrocitos, leucocitos y trombocitos (pancitopenia). La médula ósea y el tubo digestivo eran las partes más afectadas por la exposición crónica a este gas. No obstante, el aterrador uso del gas mostaza durante la Primera Guerra Mundial tuvo un aspecto positivo: el descubrimiento del primer agente quimioterapéutico moderno que se fundamentó en el seguimiento de los sobrevivientes expuestos al gas mostaza”.


En 1919, el doctor Edward Krumbhaar, describió los efectos del gas mostaza en la médula ósea y los glóbulos sanguíneos, posterior a haber tratado pacientes expuestos a este químico en Francia. “Se dio cuenta de que incluso si el curso clínico inicial de estos pacientes estaba acompañado por un aumento en el número total de leucocitos, aquellos individuos que sobrevivían durante varios días desarrollaban una disminución profunda de los glóbulos sanguíneos”.


La oficina de investigación científica y desarrollo en los Estados Unidos (OSRD) pagó una investigación secreta acerca de los químicos utilizados durante la Segunda Guerra mundial que se realizó en la Universidad de Yale.

Lo que realmente inició la era de la quimioterapia anticancerígena fue un accidente que sucedió en la Segunda Guerra mundial debido a que “cientos de habitantes fueron expuestos accidentalmente al gas mostaza durante el bombardeo de la ciudad italiana de Bari el 2 de diciembre de 1943. El primer estudio clínico con uso de gas mostaza fue llevado a cabo por Louis Goodman y Alfred Gilman en 1942”.


Los resultados se publicaron en 1946 y se comenzaron nuevos estudios sobre las mostazas nitrogenadas, que dieron paso a los primeros agentes alquilantes como la mecloretamina.


“Esto motivó otras investigaciones relativas al cáncer, como el estudio sobre el ácido fólico que dio origen al metotrexato. Estos acontecimientos cambiaron la percepción del tratamiento contra el cáncer. A finales de la década de 1960, con la introducción de la quimioterapia combinada como el protocolo MOMP (mecloretamina, vincristina, metotrexato y prednisona) más y más pacientes con cáncer lograron la remisión, lo que permitió concebir esta enfermedad como una enfermedad curable, en particular para los linfomas y las leucemias”.


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La autoestima y la feminidad se ven afectadas con el tratamiento del cáncer de mama. En el caso de Lucía, con la quimioterapia se le cayeron las cejas, las pestañas y todo el pelo. “A mí lo que más me dolió no fue la caída del cabello sino perder las cejas, porque yo tenía una peluca hermosa que me regalaron mi esposo y mi mamá. Cuando uno se ve sin cejas no se reconoce porque pierde toda la fisionomía. Al no tener cejas, ni pestañas, ni pelo, me daba mucho trabajo mirarme al espejo”.


Cuenta que cuando ella era joven lo que más le gustaba era su escote “porque yo era pecosita y mis senos eran hermosos, me fascinaban. Ya con el cáncer quedé sin escote”. Dice que se hizo la reconstrucción de sus senos asegurando de que es una parte fundamental de ser mujer. “Las prótesis lo hacen olvidar a uno de que está mutilado”.


El Dr. Jaime Alberto Restrepo describe que la primera impresión de una mujer cuando se le diagnostica que tiene cáncer de mama, además de su condición de salud, es que va a quedar mutilada. “Por eso, en cuanto se entera de que existen posibilidades de reconstrucción, se logra amortiguar el impacto, además de que la ayuda en su proceso de recuperación, pues facilita a recobrar su feminidad y su autoconfianza. Es por eso que los procedimientos reconstructivos se hacen en el momento de la mastectomía: para que la sensación de pérdida anatómica no sea tan impactante”.


Además, la psicóloga Estefanía Restrepo recalca que la relación de las mujeres con su feminidad es bastante importante “porque cuando hablamos de mutilación, estamos hablando de una ausencia de algo, de lo que los senos representan para una mujer”. Expone que las mujeres relacionan sus mamas con la seguridad en sí mismas, las relaciones con su pareja y la maternidad, y al sentir esa ausencia, se sienten incompletas, que no sirven para concebir y no son lo suficientemente buenas para una relación de pareja, lo cual causa disminuciones en la autoestima y la concepción de feminidad propia.


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Si bien la quimioterapia disminuye la autoestima en gran medida por la pérdida del cabello y demás efectos secundarios, está claro que el simple hecho de ser diagnosticada con cáncer de seno y ser intervenida quirúrgicamente también puede afectar, como es el caso de Patricia, quien no fue tratada con quimioterapia, pero que también sufrió con su amor propio.


Patricia*, de 57 años, es bacterióloga y docente de la Universidad de Antioquia. Está casada con Rodrigo*, salubrista y también docente de la misma universidad y es madre de Tomás* y Sara*. Es de contextura delgada y mediana estatura. Su pelo liso llega hasta sus hombros, de un color café oscuro. Es una mujer bastante natural, por lo que utiliza muy poco maquillaje. Es bastante conversadora y amigable.


En el 2014 optó por cambiar de ginecóloga, quien decidió hacerle un chequeo general, entre ellos una mamografía. Ante la sospecha de una lesión maligna, le prescribió una biopsia que reportó un carcinoma intraductal in situ retroareolar en el seno derecho.


“Al enterarme quedé en shock, no sabía qué me podía pasar. La doctora fue muy dura conmigo al contarme que tenía cáncer, entonces lloré todo el camino del consultorio a la casa”. Debían practicarle una mastectomía radical para la extirpación total del su seno. “Estaba muy preocupada porque como mi cáncer era en la areola, era demasiado probable que quedara sin pezón”.


Después de su cirugía, comenzó a experimentar inseguridades debido a que se sentía asimétrica, pues un seno era un implante y el otro era natural. Además, sufrió una desviación del mismo, por lo que tuvieron que practicarle una segunda operación para su reacomodación. “En ese momento que tenía el implante desviado, yo solo me ponía camisas anchas y nunca me ponía un escote porque eso se veía muy raro”.


Después de su segunda operación, y con el miedo de un segundo desviamiento, decidió dejar de mover su brazo derecho durante su recuperación, lo que causó una adhesión del manguito rotador.


Esto también le preocupaba, pues le era imposible alzar su brazo derecho, lo cual le imposibilitaba la realización de múltiples acciones, incluso ponerse un brasier. Con la ayuda de fisioterapia tres veces al día logró ir recuperando su brazo derecho. “Cuando me recuperé, tardé mucho en comenzar a utilizar escotes otra vez, porque sí sentía que era bastante notorio la diferencia de las mamas”.


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Así como lo expresa Bibiana Vergara, la fundación Fundayama tiene un enfoque en problemas de autoestima, para lo cual se realizan tanto talleres como consultas personalizadas con profesionales. Además, hacen diversas campañas para la donación del cabello, con el fin de confeccionar pelucas que puedan brindarles a las mujeres de la fundación con dificultades económicas para comprarlas.


“La pérdida del cabello es un tema demasiado complejo para las pacientes, pues al perderlo de un momento a otro, mediante un proceso que ellas no eligieron, sino que les toca aceptar, es bastante complejo. Estas mujeres tienen que afrontar su vida en su círculo social, familiar y laboral, y su autoestima se baja demasiado, por lo que buscamos que recuperen la confianza y cambien el chip que tienen sobre el cáncer”.


Bibiana expresa que cuando las mujeres recién llegan a la fundación, tienen en la cabeza que se van a morir. Es por esto que realizan terapias ocupacionales con las pacientes de cáncer de mama, para que entre ellas se ayuden a recuperar su esperanza de vida y su amor propio. Además, se hacen diversos tipos de talleres como cursos de automaquillaje, arteterapia, yoga, costura, entre otros, con el fin de distraer a las mujeres de su enfermedad y que poco a poco recuperen su autoestima.


Estefanía Arango puntualiza que las consecuencias psicológicas del cáncer de seno comienzan desde la afectación de lo físico y lo social. Todo lo que concierne a impedir mostrarse y sentir que le falta feminidad, acarrea problemas de autoestima, lo cual puede causar problemas psicológicos como depresión severa, ansiedad generalizada, incertidumbre y trastornos de pánico. Todo esto, debido a que se desdibuja esa percepción de la feminidad socialmente aceptada.


Además, explica que es muy importante la apariencia externa porque “nos hemos criado en un contexto muy patriarcal y ese ideal de la mujer femenina debe tener ciertas características físicas para que sea totalmente aceptada”.


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La medicación después del cáncer de seno con inhibidores hormonales como el Tamoxifeno, es un procedimiento bastante fuerte para las mujeres debido a que tiene diversos efectos secundarios como la menopausia temprana, fatigas, entre otros.

“Me dan unas cosas tan horribles. Calambres, mialgias y perdí mucho la visión. Además, me da mucha resequedad, no lubrico bien y perdí toda la sensibilidad en los senos”, expone Lucía.


Asimismo, los hábitos posteriores al tratamiento del cáncer de seno también cambian, pues como explica Lucía, su alimentación es totalmente diferente, enfocándose en alimentos limpios y naturales. También, dice que el aspecto mental es fundamental, por lo que empezó a meditar, “y también hablo con mi cuerpo y mis células para no atraer la enfermedad”.


En la actualidad describe su cuerpo como “después de la guerra”. Dice que tiene cicatrices que le recuerdan todos los días lo que vivió, por ejemplo, su cicatriz al lado de la clavícula del catéter de la quimioterapia y sus cicatrices en los senos.


Del mismo modo, recalca que después de superar el cáncer su autoestima mejoró. “Uno ya se valora más, y trato de enseñarle eso a las personas de mi alrededor. Les enseño a que se cuiden y se hagan el autoexamen y la mamografía.


“En definitiva, esta enfermedad o te vuelve una familia unida, o te la acaba por completo”, concluye Lucía.

*Los nombres de las personas participantes en este reportaje fueron cambiados para proteger su privacidad.


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Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Ramón Pineda.


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